La Señorita Betty en las tradicionales fotos de otra época.
Letras de Fuego / Semblanza / Por Manuel Ernesto Rivas*. Cuando conocí a Delia Álvarez de Soto, la Señorita Betty, me compartió un sueño: publicar un libro sobre su labor docente, a la que tanto amó. El libro ya viene en camino, pero ella se durmió en ese sueño profundo de eternidad.

Conocer a la Señorita Betty fue una de las experiencias más enriquecedoras. Pocas mujeres han amado la profesión docente como ella y, aún con sus noventa y dos años, añoraba ese espacio mágico que es la escuela.

Me propuso hacerle un libro sobre su trayectoria como maestra, desde aquella jovencita que iba en sulky hasta la primera escuelita de campo en la que le tocó trabajar, hasta la consolidada directora y fundadora de una escuela de adultos.

Ella soñaba con regresar a esos tiempos de prolífica labor educativa y lo afirma en el propio inicio de su libro, que no podía llamarse de otra forma que “Señorita Betty. Pasión por la educación”:

“Muchas veces sueño que estoy en el aula. Mis alumnos me observan mientras explico algún tema en el pizarrón. En cada sueño van cambiando esos tópicos, como si se tratara de una sucesión tan vívida, como en aquellos tiempos en los que estaba en actividad.
Es un dulce sueño el que me asalta. Cuando despierto, me encuentro recostada en mi cuarto, sólo acompañada de los recuerdos. Hasta que se activa la mañana, porque siempre me despierto al alba por esas cosas de la costumbre. Esas imágenes me acompañan y hacen más llevadera la lejanía de las escuelas, de los pizarrones, de los alumnos, de mis compañeras y directivos”.

Ese libro es casi una realidad, porque debe llegar en los próximos días a nuestra provincia. Ella lo sabía y comentaba entre los suyos, con un entusiasmo casi juvenil, que lo presentaría y que invitaría a sus amistades y parientes.

La Señorita Betty cuando fue elegida Reina de los Jubilados.

El destino quiso que se durmiera en ese profundo sueño que es la eternidad. Seguramente habrá despertado en las aulas celestiales, en donde la recibió el Maestro de los Maestros, quien seguramente le dio un lugar de privilegio por tanta siembra realizada.

Seguro que rodeada de querubines, la Señorita Betty es tan feliz como en las aulas terrenales. A mí me queda el dolor de no haberle entregado el libro en las manos, pero sus hijos lo recibirán por ella, con el orgullo de la madre que tuvieron.

La tapa del libro “Señorita Betty. Pasión por la educación”.

Sólo me queda compartir el poema escrito por su hija Mónica, con el conocimiento de quien aprendió de ella, de su ejemplo, de su vida.

“La Señorita Betty”

Maestra de manos sencillas,
de guardapolvo y ternura,
sembraste luz en caminos
donde a veces faltaba todo.

Fuiste abrigo en los inviernos,
pan compartido y paciencia,
la voz serena que guiaba
a los niños hacia sus sueños.

Mientras otros solo enseñaban,
vos también cuidabas el hambre,
las tristezas silenciosas
y los pequeños corazones cansados.
Cuántas vidas florecieron
al calor de tu palabra.
Cuántos nombres, cuántos rostros
te llevarán siempre en el alma.

Y yo, que crecí a tu lado
entre tizas y cuadernos,
comprendí que la grandeza
a veces vive en silencio.

Hoy tus recuerdos son libro,
pero tu verdadera obra
late viva en cada alumno
que aprendió contigo la esperanza.

Porque el tiempo pasa…
las escuelas cambian…
los niños crecen…
pero las maestras como vos
nunca se marchan del todo.

Quedan eternamente
en la memoria agradecida
de quienes un día
tuvieron la fortuna
de llamarte
“La Señorita Betty”.

Tu hija Mónica

*Periodista, docente y escritor.

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