Se trata de Jazmín Stuart, la actriz y directora cuenta sobre los reclamos y la lucha que protagoniza junto a cientos de colegas del colectivo Actrices Argentinas, que bregan por la igualdad de género, el aborto legal y una mayor participación femenina en todos los ámbitos dentro de un mundo patriarcal.

“Yo siento que la fortaleza de las mujeres sale de la unión. La cultura machista operó durante siglos para que las mujeres permaneciéramos aisladas, distantes las unas de las otras, para así manejar más cómodamente los hilos de la sociedad entre varones”. Durante una entrevista con El Planeta Urbano, Jazmín Stuart habló sobre el rol de Actrices Argentinas, y ahondó sobre las causas que la motivan a luchar por los derechos de las mujeres.

–¿En qué momento del feminismo y de la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito estamos? ¿Cómo tomaste la derogación del protocolo de ILE?

–El movimiento de mujeres a nivel mundial está transformando paradigmas que hasta el momento parecían blindados. Esto se refleja en lo cultural, lo político y lo social. En la Argentina, en particular, se manifestó más fuertemente a partir del debate por el aborto legal, extendiéndose a temas tan fundamentales como violencia de género, acoso laboral, abuso, brecha salarial: dinámicas automatizadas que estamos combatiendo. El nuevo protocolo de Interrupción Legal del Embarazo respondía al articulo 86 del Código Penal, al nuevo Código Civil y a los tratados internacionales, para garantizar un derecho habilitado desde 1921: la interrupción del embarazo en casos de violación o riesgo para la persona gestante, obstaculizada en infinidad de provincias argentinas. La derogación de su actualización constituye un error vergonzoso por parte del gobierno que se fue.

–El aborto clandestino es la principal causa de muerte materna. ¿Qué sentís respecto de la brecha socioeconómica que permite que algunas mujeres interrumpan un embarazo de manera segura, mientras otras, sin recursos, se arriesgan a morir por un aborto clandestino?

–Cuando hablamos de legalizar el aborto nunca estamos promoviendo la práctica per se. A esta altura es increíble que tengamos que aclararlo. Estamos intentando que el Estado lo reconozca como un tema de salud pública. Las mujeres abortan en todo el mundo. La gran diferencia es que hay países con aborto legal y otros con aborto clandestino. Cuando reclamamos que el Estado contenga esta realidad legalizándolo, señalamos que debe ser “seguro y gratuito”, justamente, para que las mujeres de bajos recursos no queden, como siempre, en riesgo. Constituir esa medida igualitaria es un acto de justicia social.

–¿Por qué creés que siempre se pone un nuevo palo en la rueda cuando la ley está por avanzar o cuando los derechos de las mujeres están por concretarse?

–Se han esgrimido muchos argumentos que caen por su propio peso, como que el presupuesto destinado a salud no podría dar soporte a la legalización. Pero sabemos que cuando entró en el Congreso, en 2018, el proyecto atravesó el filtro presupuestario: es más arduo para el sistema de salud amortiguar las internaciones y cirugías por abortos mal practicados que administrar un sistema de aborto medicamentoso y ambulatorio. Otra teoría apuntaba al descontrol de las estadísticas, como si las mujeres fuésemos a abortar en malón, por gusto. Teoría absurda y ofensiva. En los países en donde el aborto se legaliza, las estadísticas al principio parecen subir (básicamente porque emergen las verdaderas cifras anuales), y luego descienden notablemente. Lo que intenta traer la legalización es un orden, un límite de semanas de gestación para el procedimiento, un protocolo hospitalario y algo fundamental: un plan de anticoncepción para que la paciente pueda evitar otro futuro embarazo no deseado. Es decir que la teoría del descontrol tampoco cierra. La clandestinidad es el verdadero descontrol.

–¿Cuál es el “poder superior” que siempre frena las cosas?

–Creo yo que lo que molesta a la Iglesia y a cierto sector político reaccionario y conservador es que la mujer sea soberana sobre su propio cuerpo y su capacidad de gestar. Pero mientras tanto, esos mismos sectores dan pruebas de una doble moral. Una denuncia reciente por violación contra un senador nacional antiabortista se presta como ejemplo. O sectores políticos antiabortistas que constituyen auténticos feudos provinciales, que permiten la trata de personas y la venta ilegal de bebés, siendo cómplices por acción u omisión. En paralelo está la Iglesia, que se opone al aborto legal pero sigue protegiendo a los curas pederastas. También hay muchísima ignorancia al respecto. Lo pudimos ver en los argumentos esgrimidos por algunos diputados y senadores antiabortistas durante el debate en 2018. A la vez, estos sectores alzaban la bandera de la “educación”, pero fueron ellos mismos los que meses más tarde se opusieron a la ESI, al grito de “con mis hijos no te metas”. El lema de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito es “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. Es clarísimo. No hay fanatismos de ninguna índole, sólo sentido común, aceptación de una realidad inocultable y la decisión madura de empezar a resolverla. Quien se oponga a eso se opone al derecho a la salud de niñas, mujeres y personas con capacidad de gestar. Y no hay argumento que lo pueda respaldar.

–Quiero que hablemos del costo que le está llevando esta lucha a Actrices Argentinas. ¿Qué balance hacés de todo lo ocurrido a un año de la denuncia de Thelma Fardin?

–Estos dos años de trabajo fueron de mucho aprendizaje para Actrices Argentinas. Ya comprendimos que las agresiones, las amenazas y las manipulaciones de cierto sector social, político y mediático son un síntoma de que nuestro trabajo, en conjunto con otras organizaciones, mueve cimientos en la sociedad. Cada acción generó resonancia y conciencia. La lucha por el aborto legal, la campaña por la separación de Iglesia y Estado, el acompañamiento a la denuncia de Thelma como vehículo de visibilización de una realidad tan extendida como la de la violación y el abuso; el apoyo a la denuncia de Anahí de la Fuente como disparador para poner el tema del acoso laboral en la agenda política; la campaña permanente por la aplicación de la ESI y la Ley Micaela, y contra toda forma de violencia de género, son las aristas de nuestra labor permanente. Nuestra tarea, lógicamente, se limita a la de una agrupación activista, y sería absurdo pretender que abarquemos responsabilidades que les caben al Estado, al sistema judicial y a la sociedad en su conjunto. Es una obviedad aclararlo, pero muchas veces tuvimos que hacerlo.

–A un nivel personal, ¿qué es lo que impulsa tu lucha?

–Siempre tuve una visión panorámica de las dinámicas en las que las mujeres quedaban relegadas u oprimidas. Y, aunque me instruía al respecto, todo se me hizo más real cuando empecé a poner el cuerpo en lo colectivo, en la calle y en los distintos espacios de acción. Sigo curiosa, aprendiendo de quienes llevan muchísimo más tiempo de lucha, porque creo que es un camino inextinguible de transformación. A veces pienso que me gustaría vivir 200 años más para ver todo lo que el feminismo va a lograr en el mundo.

–¿Qué debería entender yo, siendo hombre? ¿Qué cosas íntimas de la lucha de las mujeres sentís que nosotros no logramos comprender?

–Quizás la clave está en la observación y en el ejercicio de extrapolar ciertas situaciones a un orden inverso: “¿Cómo me sentiría yo si fuera oprimido, silenciado, abusado, acosado, desplazado? ¿Y si durante siglos mi género hubiese sido tratado como un sector de segunda línea, sin poder de decisión social, cultural y política?”. Advertir cómo el patriarcado se imprime en lo laboral, en los vínculos sexo-afectivos y familiares, en los medios de comunicación y en la política, gatillando la vulneración de mujeres, infancia y diversidades sexuales. El feminismo es un movimiento que viene a traer una mirada más respetuosa, inclusiva, empática y justa. Y esos beneficios serán, también, para los hombres que emprendan un camino de deconstrucción.

–¿De dónde sale la fortaleza para enfrentar el poder físico y el peso de un hombre que abusa de todas las maneras posibles de una mujer? ¿Cómo se vence esa sensación de inferioridad que siempre existió y siempre se quiso instalar desde la cultura?

–Yo siento que la fortaleza de las mujeres sale de la unión. La cultura machista operó durante siglos para que las mujeres permaneciéramos aisladas, distantes las unas de las otras, para así manejar más cómodamente los hilos de la sociedad entre varones. Un “pacto de caballeros” en donde los sujetos patriarcales se cubrían las espaldas. El hallazgo masivo de sabernos juntas modifica ese orden de manera progresiva, constante e irreversible.

fuente: infobae

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