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“El auto se roba porque es un medio para cometer otro delito: ya sea ir a robar otra cosa, o a matar, o a transportar droga. Digamos que el auto robado es un nexo para otra modalidad de delito”, dice un detective especialista en investigaciones a organizaciones que se dedican pura y exclusivamente al robo automotor en el conurbano de Buenos Aires.

Un posible investigado opina más o menos lo mismo. Incluso, brinda más detalles. “El auto es una caja fuerte que tenemos en la calle o en los estacionamientos: se pueden guardar armas, drogas, plata. Lo que quieras. Como sabemos que nos investigan y que hay cámaras por todos lados, lo cambiamos rápidamente. Por eso los preferimos ’mellizos’”. En la jerga, esa es la manera de denominar a los autos robados con documentación y número de patente de uno legal.

La noticia es que Juan Carlos Cruz (52), cirujano del hospital Carrillo, se encontraba en la puerta de su casa, en Morón sur. Sacaba pertenencias de su Fiat Cronos color rojo cuando fue sorprendido por tres ladrones que le exigieron el auto y le dispararon en la cabeza. Se lo llevaron el Fiat y lo abandonaron a las 40 cuadras, en La Matanza. Fue el jueves, cerca de las 17. Su historia, y su crimen, se conoció en prácticamente en todos los medios del país. Pero poco se habla de la industria del robo automotor: ¿quiénes los compran?, ¿quiénes los roban?, ¿para qué los usan?

Según la página de la Superintendencia de Seguros de la Nación, en 2022 se denunciaron 43.290 robos de autos y 3.028 camionetas. En 2021 los totales fueron 39.165 y 2.751. Entonces, el aumento fue del 10,53% en autos (4125 robos más) y del 10,06% en camionetas (277 camionetas más). Si se lo divide por los días del año, son 126,8 cada 24 horas. El 57% de los hechos de 2022 ocurrieron en la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

El destino “histórico” de los autos robados siempre fueron los desarmaderos. En especial, los de la zona de Warnes y los del conurbano. Pero en los últimos años todo comenzó a cambiar, según cuenta un integrante de una brigada de la División Delitos Contra el Automotor de una fuerza policial. Los desarmaderos fueron reemplazados por casas del Gran Buenos Aires.

“Son viviendas con fondo o un estacionamiento que funcionan como talleres ilegales. Desguazan y venden las autopartes en plataformas como Marketplace”, detalla el investigador. Que agrega: “nos hemos encontrado con bandas familiares que hacían esta modalidad”.

Esas serían las organizaciones menos sofisticadas del rubro. Un escalón más arriba se encuentran las que se dedican al “enmascaramiento del vehículo”. Es decir, a realizar modificaciones “técnicas” para vender como legal un auto robado.

“Existen especialistas para todo”, describe el investigador. Y enumera: “tenés la persona que te hace el grabado de motor, el que te hace el del chasis, el de las autopartes, el de los vidrios, el que se encarga de la documentación. Y hay imprenteros y gráficos que se dedican a vender patentes truchas por 10 mil pesos el par”.

Cuando el auto “mellizo” está listo, las organizaciones lo ponen a la venta. Siempre como si fuesen particulares, y con una particularidad: el precio será un 20 o 25% más barato que el del mercado. A los interesados, les dirán que el descuento se debe a una necesidad de vender rápido para solucionar un problema, y los citarán en la puerta de una casa cualquiera, o en una plaza. Además, entregarán una carpeta y dirán “está todo listo para ir al registro e inscribirlo”.

Ha pasado de camionetas que se han vendido a 35 mil dólares, como legales, y en el registro, el comprador se enteró de la estafa. En estos casos, hasta se los investiga hasta determinar si son compradores de buena fe.

Los otros “clientes” de estos autos “mellizos” forman parte del mundo del hampa. Narcotraficantes que los compran para acondicionarlos y hacer transportes de decenas o cientos de kilos de droga a otra provincia. O que los dejan estacionados en cualquier calle, con dinero o droga que deben entregarle a alguien.

“Hay capos narcos que no quieren ser conocidos ni por sus clientes y que solo se manejan por teléfono”, le confiesa una fuente a Clarín. “El auto sirve para eso. A la otra persona le enviás la información sobre el lugar donde dejaste escondida la llave y la dirección donde está el auto. Un ’mellizo’ de gama media te puede costar 2 mil dólares. Eso, en una transacción de drogas, es un vuelto. Por eso ni siquiera lo reclamás; se lo dejás a la persona que necesita retirar lo que guardás en el auto”.

Los narcos sofisticados y “mayoristas” pueden llegar a tener tres, cuatro, cinco o seis “mellizos” en la calle. Muchas veces le pagan a alguien para que los cambie de lugar. El fin es no llamar la atención de los vecinos, que podrían llamar a la Policía si tienen un auto en la puerta de sus casas varios días seguidos.

Los autos son más seguros que sus casas. Sería más común que la Policía allane su casa, o que un ladrón ingrese para robarle, a que se metan dentro de los autos donde esconde lo que podría comprometerlo. Por eso funcionan como verdaderas cajas fuertes. Las camionetas de alta gama hasta suelen tener destino en el extranjero. Son pedidos de narcotraficantes bolivianos asentados en Buenos Aires, pero que las compran para enviarlas a su país de origen, donde opera otra parte de la organización.

“El ladrón que roba un auto es el que menos gana de todos”, agrega el investigador. Y sigue su teoría: “Olvidate que muchas veces, si el auto les gusta, se lo quedan para ellos. Lo usan para ir a pasear o para otros robos. Pero el verdadero negocio es del que se los compra para desguazarlo o revenderlo. Son pibes jovencitos, de veintipico de años. Puede que hasta sean ’utilizados por los reducidores que les encargan ciertos modelos de autos”.

Esos encargos son promesas de plata fácil y rápida. Por las camionetas Pick up les pueden pagar hasta 3 millones de pesos. Saben que cobrarán apenas los entreguen. Esa podría ser una de las razones que los lleva a estar dispuestos a “todo o nada”, como se los ve en algunos asaltos que terminan en crímenes.

 

fuente: clarin

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