“Escritores contra la pandemia”: un cuento mágico para la Madre Tierra

Escritores contra la pandemia | Compartimos con nuestros lectores el cuento “Sortilegio colla” del escritor tucumano Silvano Frutos. Un deleite narrativo que nos lleva por mágicos caminos. Muchas gracias por este aporte.

Sortilegio colla

Es la luna, dicen. Nos conmueve, nos mueve y moviliza, como a las mareas. El grillo “alunao en Simoca”, los lupus homini que aullan en las noches de luna llena, las noches de aquelarres de mujeres mágicas que siempre supieron que podían volar, aunque sea montadas en escobas… Siempre me pregunté por qué son escobas y no simplemente que vuelen por su propia y mágica fuerza de voluntad. Al instante recordé mí infancia. Conocí, cuando vivía en el monte, en el campamento donde nací, una mujer colla que traía cada tanto la sagrada hoja de coca además de otro montón de hierbas para vender que, según decía y también la gente del campamento, curaba muchos males. Aparecía con su rostro sonriente adornado con simbas una a cada lado de su cara redonda y cobriza, el sombrero de hongo coronaba su pelo tan negro como la noche estrellada y casa por casa llegaba para ofrecer sus remedios.

Cargaba varias mantas multicolores que colgaban de sus hombros, creo que le llamaban guayo o aguayo. Sacaba de allí sus hierbas y daba la receta para sanar males como del hígado, las diarreas o la gripe, unas misteriosas piedras magnéticas y otras cosas de muchos colores que las vendía o regalaba para curar males del corazón, del alma, del mal-de-ojo, la aikadura y otros tantos que ya perdí el recuerdo. Siempre la miré con curiosidad. Decían que en el guayo había una criatura, su hijo, y yo imaginaba que era algún tipo de duende, como siempre se hablaba de tantos duendes de por allí como el kurupi, el ukumar, el kokena y otros más. Resulta que, sorpresivamente, un día vi cómo asomaba la cara de un niño o niña y la curiosidad me llevo a seguirla en su camino hasta el final del campamento. Cuando llego al fin vi cómo se sentó en una gran piedra en la orilla del río, giró el guayo que llevaba sobre su espalda y amamantó a la criatura que yo imaginaba mágica.  No demoró mucho. Volvió a girarlo sobre su espalda, vi cómo me sonreía cuando se desplegaron dos grandes alas como de mariposa y voló; los árboles florecían bajo su vuelo, las luces eran muy extrañas, aunque hipnotizantes, bajo su vuelo hasta que llegó al cerro donde una luna redonda y blanca parecía esperarla y brilló por un instante el lucero del alba y otra más que juntas se extinguieron como yéndose juntas hacia el infinito.

  Todo quedó como si nada hubiera pasado. Menos para mi mirada: la magia existía. Ese recuerdo para todo el mundo sólo era una leyenda más de la Madre Colla, nunca supe el nombre con el que la conocían, sólo quedó en mi memoria con ese nombre mítico que le daban en esa zona. Sin embargo yo fui testigo, era ella la mujer que tenía magia y volaba prendiendo de verdes la selva, la yunga salteña y quizá toda la yunga que no tiene fronteras.

Silvano Frutos

 

 

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