El escritor Javier Marías denunció hace poco la manía de “ver machismo en todo”. Ahora se lanzó una cruzada contra cierto modo masculino de sentarse.

En el año 2014, un artículo en una revista francesa denunciaba el machismo urbano. Y señalaba la necesidad de “repensar” -esa palabra tan de moda- el urbanismo a la luz de las cuestiones de género… ¿Quién no ha notado, como decía el artículo, que los rascacielos parecen “falos gigantes” (sic)?

Además del remanido argumento de que las mujeres están en minoría en cuanto a nombres de calles, se señalaba que, al acoso callejero que éstas deben soportar, se suma una “ocupación de los transportes públicos por los varones” que “toma también formas muy perniciosas, como la ‘colonización testicular'”; tal el nombre aplicado a la enojosa costumbre de algunos varones de sentarse en el transporte público con las piernas muy abiertas, al punto de invadir el asiento contiguo. Porque, argumentaba el autor, “es también en ese tipo de gestos cotidianos (que) se juegan las cuestiones de género a escala del espacio urbano”.

Aunque suene francamente delirante, el asunto se ha ido abriendo camino. La tiranía de la corrección política es así.

Ahora, con un nombre algo más elegante, “manspreading” (palabra que combina “hombre” y “despliegue”; algo así como “despatarre masculino”), esta práctica ha sido objeto de reglamentación en el transporte público de ciudades como Nueva York, Tokio y Madrid.

En París, a falta de medidas oficiales, se lanzó una campaña “privada” con pegatinas en los vagones del Metro. Pero, sensibilizados seguramente por la urgencia y gravedad del tema, los concejales de la Ciudad votaron el martes 4 de julio una “incitación” dirigida a los funcionarios de la RATP (Administración autónoma del Transporte parisino), del STIF (Sindicato de Transportes de la región parisina) y de la SNCF (Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses) en favor de “una sensibilización frente al ‘manspreading'”.

Sin temor a copiarse, los representantes de la ciudad piden, “como se hace en ciertas grandes ciudades y metrópolis, en los transportes colectivos”, interpelar a los responsables del transporte en París y su región para que comuniquen “de forma pedagógica” esta problemática al público a fin de hacer “retroceder esta práctica”.

Generoso, el autor de la iniciativa, David Belliard, jefe del grupo ecologista, dijo: “No pedimos sanciones. Pero consideramos que hay que hacer pedagogía sobre todos los comportamientos que instalan desigualdades entre los hombres y las mujeres. En este marco, existen muchos temas, como la violencia contra la mujer, las desigualdades salariales… Pero hay también otras violencias más perniciosas. El ‘manspreading’, esta práctica exclusivamente masculina, es una de ellas. Combatirla, es también reconocer que el compartir el espacio público no es algo hecho siempre en favor de las mujeres, sobre todo en el transporte colectivo”.

Sus colegas del Concejo municipal de París le dieron la razón, abriendo el debate sobre el tema con los responsables de transporte.

Las calcomanías antimachistas que aparecieron en el Metro de París hace unos días no se limitaban a copiar el dibujo de los de Madrid, sino que sumaban un texto rayano con lo grosero y revelador de la psicología de las promotoras de esta campaña: “La apertura de los muslos no es útil. Cerrarlos es preferible porque los testículos no son de cristal, no explotarán: usted puede así dejar más sitio a sus vecinas; usted no contaminará más su campo visual”.

El señalamiento no era a la grosería o a la desconsideración que esta actitud -como muchas otras en el espacio público- revelan, sino al machismo.

Para luchar contra estas “formas cotidianas de machismo”, las feministas apelaron también a la palabra de expertos. Así, por ejemplo, Marianne Blidon, socióloga, explica que esta costumbre viene de la forma en que se educa a los niños; mientras que a las nenas se les enseña a estarse quietas y sentarse bien, sobre todo si llevan falda, los varones desarrollan otra relación con su cuerpo…

El tema fue tomado tan en serio, que hasta intervino un urólogo, el doctor Stéphane Droupy: “Anatómicamente, los hombres pueden perfectamente cruzar las piernas o gentilmente juntarlas “.

Ceder el asiento, dejar bajar antes de subir, no invadir el espacio del otro -ni con piernas, ni con bolsos o paquetes-, no hablar a los gritos, no escuchar música a todo volumen… son conductas que todos aprecian en el prójimo.

Pero, para darle la razón al escritor Javier Marías, la corrección política ha convertido en seximo lo que no es más que un tema de mala educación, de grosería, si se quiere. Por otra parte, las conductas incivilizadas en la calle y en los espacios públicos no son excluyentemente masculinas. Sin embargo, es una deformación muy actual la de ver todo, como el artículo arriba citado, a través de la lente -deformante- de las cuestiones de género.

Las mujeres “bienpensante” exige, entre otros cultos, (…) ser antitabaquista y pro-bicis, velar puntillosa o maniáticamente por el medio ambiente, correr en rebaño, (…), poner a un discapacitado en la empresa (sea o no competente), ver machismo y sexismo por todas partes, lo haya o no”. Y agrega: “…hay mujeres que detectan ‘micromachismo’ en el gesto deferente de un varón que les cede el paso, como si ese varón no pudiera hacerlo igualmente con un miembro de su propio sexo: cortesía universal, se llamaba”.

Una cortesía ajena a la agresividad de la campaña contra el “manspreading”.

Posdata; hay más manifestaciones de este contagioso y agudo brote feminista. A nadie sorprenderá saber que el partido español Podemos ha decidido hacer suya la bandera de la lucha contra el machismo urbano porque “las mujeres no pueden habitar con libertad en las ciudades porque no son consideradas miembros plenos”.

Fuente: Infobae

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