Estuvo en Argentina Alex Friedman (69) jefe de Ingeniería del Bereshit, la pequeña nave israelí que el 11 de abril intentó alunizar. Poco antes de cumplirse medio siglo de la misión espacial Apolo XI, pasó por nuestro país, donde compartió su experiencia.

Mucho no puedo recordar del 20 de julio de 1969… En esa época vivía en Rusia comunista –donde había nacido en el ’50, antes de instalarme en Israel dos décadas después–, y estaba cerrada la información. No pudimos seguir el tema. Lo único que recuerdo es que nos avisaron que se llegó a la Luna. Pude verlo tiempo después”.

Lo cuenta Alex Friedman (69), sentado sobre el césped de las avenidas Presidente Figueroa Alcorta y Sarmiento, con el Planetario como escenografía, evocando un recuerdo que no deja de llamar la atención, viniendo de quien medio siglo más tarde fuera responsable de la última misión hacia el único satélite natural de la Tierra, para investigar su superficie y fomentar el interés de los jóvenes en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas:

Hablamos de la Bereshit-SpaceIL, una cápsula con miles de documentos, la historia de la Humanidad, una Torá (Pentateuco –los primeros cinco libros de la Biblia–), testimonios de sobrevivientes del Holocausto, el himno y la bandera de Israel, fotografías de los millones de niños que participaron, dibujos, cuentos, música, literatura y canciones populares del país… Sí, una especie de arca de la memoria.

–Esto empezó hace nueve años, cuando tres jóvenes israelíes decidieron participar en un concurso para mandar una cápsula a la Luna –recuerda el marido de Anita, padre de siete hijos y abuelo de veintiún nietos, que llegó al país invitado por el Departamento de Actividades de Judaísmo (Tzaj) de Jabad Lubavitch Argentina, a cargo del rabino Levi Silberstein–. Como no tenían demasiada idea, pensaron que podía construirse algo pequeño, de un par de kilos, y con poco dinero enviarlo a suelo lunar.

–¿Entonces?

–Se acercaron a un donante (Moris Khan, presidente de SpaceIL), que los financió. Empezaron a avanzar de manera voluntaria, hasta que se armó una sociedad sin fines de lucro, que trazó sendos objetivos: construir una nave espacial que llegue a la Luna e impulsar el estudio de la tecnología en Israel.

–¿En qué terminó aquello “pequeño, de un par de kilos”?

–En una cápsula de 100 millones de dólares. Una especie de barril de un metro y medio, con un diámetro en la tapa, arriba, de igual medida, y patas desplegables de hasta 2,5 metros de largo, abajo. Con 155 kilos de peso y la capacidad de cargar 450 kilos de combustible. Claro, se trataba de una odisea de casi dos meses y seis millones de kilómetros.

–Pero la Luna se encuentra a una distancia bastante menor.

–Seguro, a 382 mil kilómetros. ¿Por qué viajó tanto, si la distancia era más corta? Falta de presupuesto. Normalmente se va con un cohete fuerte y grande, que se acerca directo a las órbitas lunares y desciende. Eso lleva un par de días. Pasa que nosotros fuimos por otro camino: mandamos la cápsula a bordo de un cohete de la compañía SpaceX, que transportaba un satélite terrestre, lo que nos abarató costos. Obvio que la cápsula no fue directo a la Luna, sino que, tras partir en febrero, comenzó a orbitar la Tierra, con giros cada vez mayores, hasta que ingresó en la órbita lunar. Por eso tardamos tanto en aproximarnos.

–Pensar en que no fue un éxito suena a necedad…

–Se rompió el motor a 12 mil metros, la altura a la que vuela un avión. El representante de Google Lunar X Prize (el certamen en cuestión), que nos acompañó desde el comando junto al primer ministro Benjamín Netanyahu, concluyó que si bien había pasado la fecha estipulada, como la nuestra fue la única empresa que completó el 99% del objetivo, merecía el premio de un millón de dólares.

–El 11/12/1972 se consumó el último alunizaje. Aquel Apolo 17 tocó el Mar de la Serenidad y sus astronautas colocaron una bandera estadounidense. Sobre la misma llanura volcánica cayó la Bereshit. ¿Por qué pasaron 47 años y el hombre no volvió a pisar el único satélite natural de la Tierra?

–Calculo que tiene que ver con la carrera entre EE.UU. y Rusia. Como los últimos fueron los primeros en mandar un cohete y un hombre al espacio (el Sputnik 1 –primer satélite artificial– lanzado en el ’57 por la Unión Soviética) y querían pisar la Luna, los americanos sintieron el deber de adelantarse. El presidente John F. Kennedy lo trazó como un objetivo nacional y se invirtieron sumas extravagantes.

–¿Extravagantes?

–Tal cual…Una vez logrado el objetivo, en USA tuvieron en cuenta que se trataba de un viaje muy peligroso para el hombre. Escuché que su cálculo de probabilidades de éxito de trasladarlo y traerlo sano y salvo a la Tierra, dio nada más que un treinta y cinco por ciento. Conclusión, entre este riesgo y el costo, el gobierno decidió desistir de repetirlo y paró todo.

–Entonces, ¿nunca se podrá vivir allá?

–Si bien la sola presencia del hombre en el espacio es peligrosa, veo cómo desde Norteamérica ya empezaron a viajar civiles en concepto de turismo espacial. Eso sumado al desarrollo que noto, me hace pensar que es absolutamente probable que el hombre viva en la Luna por períodos prolongados.

–El día siguiente a cerrarse la misión Bereshit–SpaceIL escuchamos que se viene una segunda. ¿Es cierto?

–Podría ser. Se viene evaluando algo diferente, innovador…

–¿Con la Luna como objetivo?

–Puede que no. Entre nosotros, hubo una propuesta de ir a Marte, aunque a mí me parece que queda un poco lejos (risas).

fuente: infobae

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