Letras de Fuego / Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria / Por Flavio René Pelle*. Compartimos el aporte del escritor de Aguilares con el cuento “El día que hasta las aves dejaron de ser libres: El Palomar”.
El día que hasta las aves dejaron de ser libres: El Palomar
Mi niñez en Santa Ana se desarrolló en la época post ingenio, 1976. Tenía siete años y mi pueblo estaba sumido aun en la tristeza de lo perdido y bajo el verde yugo militar.
Vivía en la San Martín Alta y desde mi casa, aun podían verse, altivas, las dos chimeneas, testigos del glorioso imperio Hileret.
Yo era un inquieto niño con mucha imaginación y para mí y para “la barra de la San Martín”, Santa Ana era un gran patio de juego. La cancha de las monjas nos convocaba todas las tardes a hacer un picadito, sus bocacalles y altas veredas nos invitaban a reunirnos a la siesta a la espera de algún carro para robarle caña. El parque de Carlos Thays y su gruta, el mejor lugar para andar en bicicleta, jugar a la guerrita o a las escondidas. Y la osamenta del dormido gigante, un reto a la aventura y lo desconocido. Sobrevivir a sus abandonados piletones de melaza, derruidas escaleras y misteriosos túneles, para nosotros niños, era toda una mágica aventura. Recorrer a la siesta, el abandonado ingenio, era una proeza nivel Indiana Jones. Más aun con el apercibimiento de que aun allí, merodeaba el emblemático perro familiar y el inoportuno y fugaz duende sombrerudo.

Por entonces existían muchas estructuras edilicias que quedaban heroicamente en pie y constituían un emblema para nuestro pueblo: El mismo ingenio y sus chimeneas, el escritorio, la carpintería, el canchón y su gran grúa, el cine, el chalet de Hileret, el parque de la niña María Luisa y hacia el sur del pueblo, dos emblemáticas torres que pasaban desapercibidas para el santanero adulto, pero para el niño en busca de aventuras, era un reto prohibido…: Los lugareños la conocíamos como El palomar.
El palomar eran dos estructuras en torre que se ubicaban por detrás de la cancha de las monjas y el hospital. Según el historiador local, David Cabrera, estas habían sido mandadas a construir por la empresa para albergar y criar cientos de aves con la finalidad de que estas controlaran las plagas de la época. Sus paredes estaban discontinuadas con numerosos agujeros para la entrada y anide de las aves. Su cúpula estaba coronada con un piramidal techo de teja y su interior hueco, atravesado por palos para que las aves pernoctasen. A pocos metros se encontraba la casa del cuidador.
Al cerrar el ingenio, el cuidador se adueñaría del predio transformándose en una zona prohibida al paso, pero aún seguía albergando cientos de palomas, lo que hacía de ellas, la codicia de cualquier niño con onda. Juntar las “bolitas” o perlas de yeso que habían quedado en montañas en un abandonado depósito del ingenio, para luego ir a esperar que saliera alguna paloma para “voltearla”, era de culto para los changos de la barra. Por entonces poco sabíamos de conservacionismo y yo. por suerte, siempre tuve mala puntería…
Con la barra de amigos, recorrimos siesta a siesta nuestro pueblo. Jugando con nuestra alma aventurera de niño, sin querer y sin darnos cuenta, conocimos hasta la más íntima entraña e historia de Santa Ana. Así es que jugando entre sus ruinas y recuerdos aprendimos a amarla. Así es que escuchando a nuestros padres y abuelos aprendimos a valorarla y honrarla. Pero un día algo cambio…
Toda la poca historia que quedaba empezó a desaparecer entre un raro polvo de tinte verde y rojo sangre, borrando nuestros últimos recuerdo. Borrando nuestro últimos juegos. No habría más chimeneas. ni cine, ni vestigios del gigante. Ni tampoco palomar…
…y esta es la historia del principio del fin:
El alboroto en el patio de la escuela era llamativo. Un camión del ejército había estacionado en el portón y de él habían bajado unos verdes uniformados que decididos entraron en la dirección. En sus manos traían una invitación que nunca olvidaría…
Yo iba al tercer grado y con los changos rompimos el recreo para ir por detrás de los recién llegados. Para nosotros, por entonces, ver un soldado era sorprendente y heroico. Es que en la mente y cuerpo de niños, estábamos ajenos a la oculta verdad que había tras de ellos…
Nos sentamos en el pedestal del mástil que reinaba en el centro del patio delantero de la escuela a esperar que los soldados salieran de la dirección. Nos gustaba disfrutar de sus cananas y lustrosas botas, ver sus armas y escuchar su pesado paso de borcegos.
A los minutos salió la directora flanqueada por la verde comitiva y dio la orden de que se tocara la campana para la formación. El recreo se cortó abruptamente y yo, con mis amigos, nos apuramos a hacer la fila con el resto del grado, ajeno, a que aquel día, terminaría de la peor manera.
La directora se paró en el medio del patio dejando bajo el alero de la galería a los mensajeros de verde y luego de unos incomodos carraspeos se dirigió al alumnado. Con fría voz anuncio que los soldados nos habían venido a llevar (no invitar) para presenciar una práctica con explosivos que harían en las inmediaciones. Estas actividades serían unas detonaciones de ensayo, previas de lo que sería luego la detonación, de las icónicas chimeneas. La docente continúo aclarando los pormenores de seguridad y que todos saldríamos en fila ordenaditos siguiendo a su maestra hacia el punto del crimen…
Yo, con los changos, nos activamos en diálogos y expectativa. Un sentimiento de alegría, ansiedad y miedo se coló en mí y lo desborde en un loco parloteo con mis compañeros. Todos estábamos exaltados, por primera vez veríamos una explosión como las películas de combate que veíamos en la TV en blanco y negro. Para la barra seria la cumbre de nuestra experiencia infantil.
Habrán sido las tres de la tarde, cuando, grado a grado, fuimos saliendo por el portón del colegio siguiendo a los directivos y los soldados. Atravesamos la calle Pellegrini aun de tierra y nos adentramos por un pequeño sendero que había entre el parque y el hospital. Nosotros lo conocíamos bien porque era nuestro recorrido alternativo para flanquear la entrada por el hospital y llegar a la cancha cuando las monjas cerraban su portón. Conocíamos muy bien el lugar .Lo caminamos entusiastas e inocentes de los que nos preparaba el destino…
Al final del callejón ya se habría el gran canchón de las monjas con sus bordes cargados en palmeras y cocos.
Al llegar, las maestras nos reorganizaron al lado del arco norte del canchón.
La cancha estaba atestada de pertrechos militares. Cajones, aparatajes, cableados y soldados por todos lados, completaban el escenario. Una larga línea de cables negros se perdía hacia el sur de la cancha en busca de su objetivo a dinamitar.
Con los de la barra nos agrupamos en el medio a la espera del espectáculo. Ansiosos, escudriñábamos todo lo que sucedía a nuestro alrededor aunque seguíamos sin saber qué es lo que se destruiría en tamaña operación…
No teníamos miedo, pero repito, si ansiedad…
Una vez formados, dos soldados se adelantaron a darnos la bienvenida y dar las explicaciones de seguridad. A decir verdad no se tomó mucho esmero para el caso. Solo atinó a saludarnos oscamente y de inmediato nos impartió la orden de que buscáramos un palito para amortiguar la onda expansiva de la explosión, lo mordiéramos en la boca, y nos tiráramos cuerpo a tierra.
A esta altura mi ansiedad y entusiasmo empezó a transformarse en miedo. Con el grupo compartimos una rama y uno que otro lápiz perdido en el bolsillo del delantal para luego presurosos tirarnos al suelo rumiando la madera.
Alrededor, los soldados incrementaron sus actividades. Mientras algunos acomodaban cables y más artilugios, otros se apuraban a ponerse en cuclillas delante del alumnado a manera de valla, cosa que ninguno de nosotros, niños, se le ocurriera salir corriendo en histeria para donde no debiéramos.
El movimiento fue acezando. Unos cuantos soldados quedaron al pie del aparataje y el resto se pertrecho entre nosotros. Era inminente que la detonación estaba por producirse aunque aún no sabíamos cuál sería el objetivo. El cable se dirigía al sur de la cancha desdibujándose entre el corto pasto. Atravesaba por el costado del salón de catecismo de las monjas, seguía por la cancha de básquet hasta perderse en las bases de la de las torres. A sus pies se podía divisar vagamente la verde figura de otro soldado.
Un escalofrió raro recorrió mi espalda. Un angustiante pensamiento empezó a atormentarme. El negro cable terminaba al pie del palomar. Nuestro palomar. El que está repleto de aves. Nuestro bastión de niño donde viviéramos parte de nuestra infancia…Si, el objetivo era nuestro Palomar. El Palomar de Santa Ana… ¿O es que era Santa Ana?…
Cuando caí en cuenta, ya era tarde. Mire a mis compañeros a la par tirados en el suelo y en su mirada pude ver la mía. Ojos desahuciados en lágrimas e impotencia. Todas entendimos a la vez lo que estaba por suceder y no podíamos hacer nada…
Un grito de aura de uno de los milicos, nos sacudió los sentidos a la vez que se veía al soldado que estaba al final del cable, al lado de la torre, levantar la mano con una bandera para luego iniciar una maratónica carrera hasta donde nosotros estábamos. Lo vi venir como si fuese en cámara lenta con su verde ropaje sacudiéndose para todos lados Se tiró cuerpo a tierra en un manto de polvareda cayendo cerca nuestro. Todavía lo recuerdo con su rostro despavorido sujetándose el casco para no perderlo. En mi mente pensé en que acto de valentía la de aquel hombre de arriesgar su vida de esa manera, pero esa imagen se transformó en la de un burdo criminal, cuando me acordé de mis aves en mi torreón…
El sonido fue seco, estridente. A pesar de estar contra la tierra, mi pecho se hundió hasta restarme por un rato la respiración. Por más que trate de tener mi vista clavada en mis torres, el instinto cerró mis ojos mientras estrujé cual rabioso perro el seco palo entre mis dientes.
Cuando pude abrir los ojos la escena que se dibujó era dantesca. Una nube de gris humo que se elevaba apocalíptica al cielo escupiendo pedazos de ladrillos por doquier; A pesar de la distancia la cancha se minó de pedazos de la víctima. Estrujé el pasto entre mis manos con impotencia. No recuerdo si hubo lágrimas.
Cuando se disipó el humo, ya no quedaban recuerdos, ni ladrillos, ni aves.
En el horizonte ya nada quedaba y la historia de Santa Ana había comenzado a ser a ser acallada. Olvidada…
Aquel día, habíamos, sin querer, asistido a la triste gris antesala de lo que sería, días después, la masacre de las chimeneas.
La historia de Santa Ana había comenzado a ser apagada…
Y nuestra infancia y la libertad del volar como las aves, minadas, matadas…
Flavio R Pelle -Águila- Santa Ana 2023
Datos el autor*
Nacido en el año 1968 en Aguilares, Tucumán. Ambientalista, fotógrafo naturalista, docente y escritor. Entre sus obras más logradas se encuentran: “Cuentos de amores posibles”, de la editorial Letras de Fuego; “La venida”; y “Aguilares, la historia que me contaron”. Además, participó en numerosas antologías nacionales y regionales, entre las que se destaca Sembrando huellas: Historias docentes, editado en el año 2018.

