La noticia de que Virginia Mercado, la amiga íntima de Paulina Lebbos, estaba dispuesta a reconocer sus mentiras ante un juez, despertó esperanzas en el cansado corazón del padre de Paulina. Pero la ilusión de Alberto Lebbos se hizo trizas ayer por la mañana en Tribunales. La mujer admitió haber mentido, pero no accedió a contar la verdad del crimen.
Salteña mentirosa
Oriunda de Aguaray, provincia de Salta, Virginia conoció a Paulina en la facultad, cuando ambas cursaban la carrera de Comunicación Social.
Comenzaron a estudiar juntas y pronto se hicieron amigas. La noche en que Paulina desapareció, ambas habían salido a bailar junto a un grupo de amigos al boliche Gitana, en la zona de El Abasto.
Cerca del amanecer, quedaron solas, caminaron un par de cuadras hasta la avenida Alem, tomaron un remise Fiat Duna Bordó y se separaron en La Rioja al 400, donde Virginia se bajó, dejando a Paulina en el auto. Esa fue la última vez que se la vio con vida. El cuerpo de Paulina, destrozado, apareció dos semanas después, a la vera de la ruta que lleva a Raco.
¿Fue en realidad eso lo que pasó? Hoy, ese punto de partida de una investigación que ya lleva dos décadas podría convertirse en falso.
“Sí, admito”
Dos palabras fueron suficientes para que Virginia Mercado, tras dos décadas encubriendo el crimen de su amiga, se librara de ir presa. Durante la audiencia de juicio abreviado se le leyeron las inconsistencias y mentiras en las que incurrió a lo largo de la investigación, en las sucesivas declaraciones como testigo.
El juez Patricio Prado, tras escucharlas le preguntó “¿se hace responsable del hecho que acabamos de dar lectura por Secretaría?”. Mercado respondió “sí, admito”. Eso bastó para que el magistrado anunciara que meditará sobre el pedido de juicio abreviado y anunciará dentro de los próximos diez días si lo acepta. La pena, en ese caso, será de tres años de prisión en suspenso. Es decir, en libertad.
Convenio con el acusado
Es el mecanismo de los juicios abreviados. La Fiscalía que investiga el delito hace un convenio con el acusado, que admite ser el autor del hecho y acepta una pena que, casi siempre, es muy baja. De esta manera, la administración de Justicia se evita la molestia y el gasto que representa un juicio oral.
El acuerdo tiene que ser aprobado por un juez que también evalúa que las pruebas coincidan con la confesión. Hay dos clases de magistrados: los que preguntan e indagan para estar seguros de que los hechos ocurrieron tal cual se los está confesando y los otros, los que se conforman con un “sí, admito”. En el caso de Virginia Mercado, todo se resolvió con esas dos palabras.
Si el delito hubiera sido un robo de un celular, algunas lesiones leves o cualquier otro delito menor, la idea de resolver la situación con sólo dos palabras sería tolerable. Pero cuando alguien está confesando haber mentido reiteradamente sobre un crimen durante los últimos 20 años, la siguiente pregunta es inevitable: “si todo esto es mentira ¿cuál es la verdad?”. Nadie se lo preguntó ayer y ella tampoco se ofreció a revelarlo.


