El rugby es, como se dice, un deporte de caballeros, una disputa sólo para valientes en la que 30 varones fornidos buscan imponerse a base de tackles, pases hacia atrás y patadas a cargar. Un juego intenso, pero noble. Un juego que no por nada consta de tres tiempos: el primero, el segundo y el de la camaradería, ese momento festivo en que los equipos, casi siempre en la zona de los quinchos, dejan de lado las rivalidades para bailar juntos al ritmo de Agapornis. Bien adoctrinados en el fair play, los jugadores, en general, respetan sin dobleces el reglamento. Y el que se desvía del camino es castigado con severidad, como si no estuvieran dispuestos a tolerar actitudes arteras. Sin embargo, el problema se da cuando queda de lado la pelota ovalada. Mejor dicho: en la calle. Con frecuencia, algunos rugbiers llegan a las tapas de los diarios y no precisamente por haber convertido un try inolvidable. Se los acusa de protagonizar situaciones violentas, en las que dejan en claro el poder de sus puños. Hace dos semanas, dos jugadores de Olivos fueron acusados de agredir en San Isidro, a la salida de la disco House, a un joven que terminó con fractura de cráneo. Y el martes, circuló en las redes un video que muestra la agresión por atrás de un jugador de San Cirano, Julián Cirigliano, de 20 años, a un indigente. Ayer, el club suspendió de por vida a Julián y a los dos amigos que lo ayudaron a escapar en un auto. ¿Por qué se da este contraste? ¿Por qué algunos rugbiers pierden los estribos en circunstancias ajenas al juego?
Hugo Dramisino, psiquiatra y fundador del Capítulo de Salud Mental, Actividad Física y Deporte de APSA, plantea: “No podemos apartar a los jóvenes rugbiers de una cultura juvenil tendiente a venerar el ‘descontrol’ y el comportamiento ‘tribal’. Una situación que se da en un contexto en el que se han instalado fuertes evidencias de insensibilidad social, con sus expresiones más graves como el racismo y la xenofobia”.
En su análisis, Marcelo Halfon, psicólogo y miembro de APA, toma en cuenta la intensidad del juego. Ahí –evalúa– puede haber otro motivo que explique la afición por las matoneadas. “Si la agresión no es metabolizada en la práctica deportiva, queda contenida y se deriva en forma brutal en cuanto aparece la ocasión de descargarla”, aporta.

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