Si camina hacia atrás sobre sus pasos, si vuelve 17 años en el tiempo, nada de lo que es hoy era, ni remotamente, parte del plan. Verónica se había recibido de bioquímica, estaba casada y había imaginado una familia de calcomanía: mamá, papá, los embarazos, la nena, el nene. Pero hay procesos que sólo se entienden con distancia, como dijo Steve Jobs en aquel discurso magistral en la Universidad de Standford que se volvió viral: cuando no entendemos por qué pasan las cosas, por qué tantos obstáculos, lo importante es “confiar en que, de alguna manera, los puntos se unirán en el futuro”.

Fue en 2003 que lo supo, después de muchos meses esperando que un test de embarazo diera por fin positivo. “Agenesia de trompas”, escuchó Verónica Nelli, una forma sutil de decir que tenía una malformación por la cual sus trompas de falopio estaban pegadas al endometrio. Estaba casada en aquel entonces y les dijeron que la única forma de lograr un embarazo era a través de la reproducción asistida, un anuncio que en esa época no se digería de la misma manera que hoy, que existe una ley que garantiza la cobertura de los costos.

Dos intentos en una década, eso fue lo que pudieron pagar, incluso pidiendo préstamos (cada tratamiento de alta complejidad costaba unos 50.000 pesos, 10 veces más que el sueldo completo de Verónica). “En el camino, nos anotamos para adoptar. Al principio dijimos que queríamos un chico chiquito, de no más de 2 años”, cuenta ella. Pero el tiempo pasó y no pasó nada: ni los embriones prendieron ni sonó el teléfono desde el juzgado de Lomas de Zamora.

Entonces, ampliaron los límites, corrieron los márgenes que al principio parecían diques rígidos: dijeron que sí a hermanitos y que sí a extender la edad hasta los 8 años. Sin embargo, la “mapaternidad” -la responsabilidad compartida entre madre y padre en la crianza- acabó no siendo el modelo en el que iban a terminar construyendo sus familias. En 2013, después de 12 años de matrimonio, se separaron.

“Listo -pensó Verónica-. Perdí todas las posibilidades de ser madre”. Segura de que iba a quedar última en la lista de inscriptos, de que el divorcio iba a sonar a “inestabilidad”, fue al juzgado con la espalda cargada de prejuicios a contar que su matrimonio había terminado pero su deseo de ser madre, no. “Pregunté si podía seguir sola y me dijeron que sí, que sólo tenía que llevar los papeles del divorcio”.

Así arrancó una búsqueda por dos caminos para convertirse en lo que se conoce como “mamá soltera por elección”. No le quedó método sin probar. Mientras esperaba el llamado del juzgado, se hizo un tratamiento de fertilidad con esperma de donante y sus propios óvulos. No funcionó y, como ya tenía 43 años, volvió a probar pero esta vez no sólo con esperma de donante sino también con óvulos donados. Visto con distancia, cada paso terminó siendo útil porque las mujeres solas o parejas que recurren a la ovodonación deben, tarde o temprano, atravesar lo que se conoce como “duelo genético”: la elaboración y la aceptación de que tu hija o hijo no tendrá tus genes.

Mientras tanto, empezaron a llamarla de algunos juzgados para ofrecerle comenzar a vincularse con hermanos en edad escolar. “Pero yo ahora estaba sola, ya no me animaba a más de uno porque no tenía con quién compartir la crianza y por mis posibilidades económicas”, sigue. Convencida de que sola no iba a poder ocuparse de más de un hijo, fue al juzgado a corregir su expediente otra vez. “Uno solo y hasta 5 años”, enmendaron.

La soltería habilitó nuevas posibilidades de viajar con amigas y fue cruzando a Chile que apareció un error que la obligó a volver sobre sus pasos, incluso hasta su nacimiento. Tenía un “DNI mellizo”: cuatro décadas antes alguien había copiado mal un número de su acta de nacimiento y por eso Verónica compartía con otra mujer el mismo número de documento.

“Tuve que corregir toda mi vida. El título universitario, la cuenta bancaria, el DNI, los aportes jubilatorios, todo”. También tuvo que volver al juzgado a decir que, otra vez, necesitaba hacer un cambio. Cuando la citaron, en junio de 2017, Verónica pensó que era un capítulo más de toda esa burocracia en la que había tenido que hundirse. Su recuerdo es de ella misma sentada en el medio de una sala -“como en el banquillo de los acusados”: alrededor, una jueza, una asistente social, una secretaria y un nombre de nena que escuchó por primera vez: Altair.

“Era una nena de 3 años que estaba en un Hogar desde que tenía 1 año y medio”, cuenta Verónica. “Su mamá biológica, que tenía serios problemas de salud mental, la llevaba al comedor del Pupi Zanetti. Ahí detectaron que la nena estaba mal alimentada, mal higienizada, con muchos signos de falta de cuidado”. Las autoridades locales la habían llevado a un Hogar para resguardar sus derechos pero no habían encontrado a nadie de su familia extendida -tíos, abuelos- que pudiera hacerse cargo de ella. A Altair le habían declarado el estado de adoptabilidad y la jueza quería saber si con Verónica podía formar la familia que estaba necesitando.

“No te puedo explicar cómo me embalé”, sonríe ahora Verónica. Tantos años esperando y por fin le decían que, después de algunas entrevistas psicológicas más, iba a poder empezar la vinculación con la nena. Dos semanas después, cuando ya estaba tan embalada que no concebía forma de volver atrás, volvieron a llamarla. Lo que le contaron es que acababan de enterarse de que Altair tenía una hermanita: era bebé, acababa de ingresar al mismo Hogar y no querían separarlas. Parecen poco dos semanas pero, en perspectiva, no lo son: 360 horas en las que Verónica se había sentido madre por primera vez aún sin haber siquiera conocido a su hija.

—O las dos o ninguna— le advirtieron.

El mundo de Verónica, que ya había dejado constancia escrita de que sólo se sentía capaz de criar a una, “se vino abajo”. Pero después se calmó, llamó a sus amigas y amigos, a su familia, y les contó lo que estaba pasando. Les preguntó si estaban dispuestos a ser parte de una red, de ayudarla a criarlas juntas. “Todos me dijeron lo mismo: ‘De alguna manera te vamos a ayudar”.

Altair llegó a su casa, en Gerli, en noviembre de 2017, cuando tenía 3 años y medio. Julieta, su hermanita, estuvo un tiempo más en el Hogar esperando a ver si, en su caso, había forma de mantener el vínculo con su familia de origen. No se pudo y en febrero de 2019, cuando recién había empezado a caminar, se incorporó a la familia de tres que son ahora.

“Cuando estaba casada pensaba en la panza, en las pataditas y todo eso. Después entendí que eso no definía la maternidad, la maternidad es otra cosa. Mirá lo que pensé que iba a ser mi familia, la fantasía de la ‘familia tipo’, y mirá lo que es: ahora soy mamá soltera por elección de dos hermanas y no por embarazo sino por adopción”, se alegra.

Había que esperar a que los puntos se unieran. Salvo las diferencias, así termina también el discurso de Steve Jobs, después de hablar de la importancia de seguir, de seguir aunque las piezas sueltas en el camino parezcan no tener sentido. “Debes confiar en algo. Tu Dios, tu instinto, tu destino, en la vida, el karma, lo que sea. Porque creer que a lo largo del camino los puntos se unirán te da confianza para seguir a tu corazón. Incluso cuando eso te lleve lejos del camino cómodo, hará toda la diferencia”.

 

 

fuente: infobae

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