Pasaron dos meses desde que se decidió a denunciar a su tío y jefe por abuso sexual. Ella declaró dos veces en sedes judiciales distintas, se someterá a una pericia ya ordenada y tuvo que volver al escenario donde sucedieron esas violencias. El acusado, José Jorge Alperovich, senador y tres veces ex gobernador de la provincia de Tucumán todavía no fue citado. Denunciar es empezar reparar las heridas y por eso ella quiere que la reconozcan públicamente como “la denunciante”. Pero sabe que falta más: además del silencio, está dispuesta a romper la impunidad.

La puerta se abrió mientras su cuerpo delgado temblaba. Más de mil días habían pasado desde que comenzó su peor infierno en ese departamento que volvió a pisar aunque plantada de otra manera. Hoy no está sola, y el poder lo tiene ella. No es económico, ni político. Ella tiene el poder de la certeza, de la verdad y la convicción de que “cuando una reconoce el abuso, se vuelve imposible tapar, porque te cambia para siempre”, cuenta a quienes la acompañamos como equipo técnico este difícil tránsito.

La denunciante, como elige que la llamen, volvió al sitio donde sufrió el primer ataque sexual por parte de su tío y ex jefe, el senador nacional José Jorge Alperovich. Fue el miércoles pasado, la fecha en que se cumplían exactamente dos meses desde la presentación de la denuncia contra el legislador de licencia obligada para hacer un reconocimiento ocular de uno de los lugares donde fue violentada,

Mientras recorría de nuevo cada habitación del departamento ubicado en Rosario Vera Peñaloza al 500 de Puerto Madero, junto a funcionarios y funcionarias judiciales, la defensa del imputado y miembros de las fuerzas de seguridad que tomaban fotografías y filmaban, la denunciante reconoció cada espacio, contó otra vez los hechos que, según el fiscal, coincidieron con sus declaraciones previas.

Ella se mostró segura: “Me concentré en el espacio, ignore la cantidad de personas presentes para no ponerme nerviosa” expresó ya aliviada fuera . Si bien la reiteración se vuelve manoseo, ella se movía con seguridad. Al salir dijo a sus acompañantes que se encontraba bien y expresó profunda tranquilidad ya que veía una esperanza de que la pesquisa avanzara.

Esta medida judicial, ordenada por el juez porteño Osvaldo Rappa, es la primera medida concreta en la causa más allá de las declaraciones de la denunciante. Esta medida también pone el peso de la prueba sobre sus espaldas.

Como hacen las mujeres, como nos obligan a hacerlo, ella puso su cuerpo nuevamente con la firme decisión de que se cumpla con su derecho de acceso a la justicia en condiciones de igualdad. Su único fin, lo repite una y otra vez, es encontrar reparación de los daños físicos y psicológicos que causó el dirigente político tucumano valiéndose de la asimetría de poder y abusando de un vínculo familiar, que propició el acercamiento de ella a su espacio político.

Ella, hasta ahora, fue la única persona que puso su cuerpo para que esta situación de violencia no quede bajo el manto de la impunidad machista. No solicitaron aún la declaración de José Jorge.

Decir Basta

Mientras Argentina se preparaba para vivir un nuevo tiempo político, marcado por el triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, una denuncia que sacudiría las viejas estructuras patriarcales del poder político terminaba de cobrar forma.

Fue durante la mañana del 22 de noviembre de 2019 cuando se presentaron dos denuncias penales que relataban los múltiples ataques sexuales que había sufrido esta joven de 29 años por parte del senador nacional tucumano, José Jorge Alperovich. Ante la magnitud de la acusación, y ya que los hechos sucedieron en dos jurisdicciones diferentes, quedaron asentadas en los tribunales penales tanto de la provincia de Tucumán y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Durante un año y medio aguantó todo tipo de humillaciones, manoseos y vejaciones, hasta que en mayo de 2019 renunció a su puesto de asistente personal, semanas antes de que en la provincia de la que es oriunda se celebrasen las elecciones provinciales, en las que Alperovich competía por la gobernación.

Presentó su denuncia decidida, con tiempo prudencial para que no quedara marcada como una maniobra política en tiempos electorales, con la necesidad de romper el silencio que guardó durante años. Con una carta pública anunció que iba a enfrentarse “a su monstruo” en las instancias judiciales, sacarse la mochila que cargaba sola y devolvérsela a su dueño.

Fue en septiembre que la decisión de avanzar con la denuncia se apoderó de su vida y todo comenzó a girar en torno a ello. Durante dos meses escribió una y otra vez lo que había vivido, sola, acompañada únicamente por su abogado, Ricardo Santoro, que se mantuvo firme a su lado. Con la denuncia lista en sus manos, dos días antes de que todo estalle, un familiar le recomendó que lo hiciera público. “Sino, no va a pasar nada”, le dijo. Pero, ¿cómo? ¿en quién podría confiar?

Primero recurrió a una persona que podía entender la ansiedad que sentía, otra víctima de abuso que ya había escrito su historia en un medio de comunicación. Desde ahí una pequeña red de contención, de la que esta cronista forma parte, comenzó a gestarse y sería crucial para el avance de la causa. Cuatro periodistas con perspectiva de género y derechos humanos nos pusimos a disposición ante la inminencia de la denuncia.

Fue un trabajo de ingeniería presentar de manera simultánea ambas denuncias junto a la publicación de la carta en los medios. Su asesor letrado la llevó a CABA y en Tucumán la acercó a los Tribunales ella misma. En pocas horas sus palabras se hicieron noticia. El mensaje que ella escribió para empezar a sanar se publicó de manera simultánea en un una red de medios alternativos con perspectiva de género y en otros medios nacionales. Después, internet hizo lo suyo y la denuncia se replicó por toda la geografía argentina.

No era para menos. Su relato es estremecedor y retuerce las tripas como el de cada una de las víctimas que deciden encarar sus miedos. Pero, también, su valentía conmueve tanto porque el denunciado fue tres veces gobernador de la provincia en la que ella vive y pretende seguir viviendo, y ahora es senador nacional de la fuerza política más fuerte de Argentina. Sin olvidar que este varón cuenta con una de las fortunas más grandes de Tucumán.

En Buenos Aires, quedaron designadas la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°10 de la Capital Federal, interinamente a cargo del fiscal Santiago Vismara, y la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM), a cargo de Mariela Labozzetta.

De manera acertada, y ante la lectura de la desigualdad de poder existente entre la denunciante y el denunciado y la posibilidad de que corra riesgo su integridad física, el primer pedido que cumplieron fue designar una custodia policial permanente para la sobrina del ex gobernador, la cual hasta la fecha continúa.

Como un acto simbólico pero meramente coincidente, la ratificación de la denuncia en la provincia de la denunciante se realizó un emblemático 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia Hacia las Mujeres, en la Fiscalía Especializada en Delitos contra la Integridad Sexual de Tucumán, a cargo de María del Carmen Reuter. En esa oportunidad estuvieron presentes la fiscal y el juez de Instrucción penal, Facundo Maggio. Durante dos horas y media allí pudo ampliar lo que vivió por un año y medio.

Con los detalles que cuenta sólo alguien que revive una y otra vez en su cabeza lo sucedido, la denuncia pasó de tener 10 páginas a tener 19. Esa tarde, también, la movilización feminista de mujeres, lesbianas y trans gritó por las calles céntricas de San Miguel de Tucumán: “Alperovich sos violador”.

Por esa misma fecha, el senador pidió una licencia por seis meses sin goce de sueldo para dedicarse de lleno a limpiar su “buen nombre”, que ya venía manchado desde que Paulina Lebbos fuera asesinada durante su mandato como jefe del poder ejecutivo tucumano y varios de sus funcionarios fueron hallados culpables de encubrir el crimen.

Los primeros días de diciembre, la denunciante cumplió también con el paso judicial de ratificar la acusación en el Juzgado en lo Criminal y Correccional N°35 de la ciudad de Buenos Aires, que tiene como titular al juez Osvaldo Rappa. Allí se sumaron 5 horas de declaración frente al juez, una asistente que tomaba registro escrito, el fiscal Vismara y una representante del entonces Instituto Nacional de las Mujeres, Laura Novo.

Con su cuerpo delgado y agotado tras las primeras semanas del camino judicial, soportó nuevamente relatar una catarata de actos violentos frente a personas desconocidas con la convicción de que la justicia es el único camino en el que ella encontrará reparación.

La unificación de la denuncia presentada en las dos jurisdicciones donde transcurrieron los múltiples ataques sexuales relatados por la joven llegó a la Corte Suprema aun cuando la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional, a cargo del juez Mariano González Palazzo, resolvió que la investigación debía tramitarse en la CABA. La pesquisa judicial en la sede porteña inició de inmediato la recolección de prueba sin detenerse por la feria judicial de enero.

Rappa solicitó, el pasado 23 de diciembre, a profesionales del Cuerpo Médico Forense una prueba psicológica y psiquiátrica destinada a la víctima y no a quien fue denunciado como victimario. La medida fue apelada por les fiscales por discriminatoria y revictimizante. El magistrado había pedido que se pronuncien sobre “rasgos y estructura de su personalidad, y si presenta alguna patología”, como así también “la presencia o no­ de aumento en el nivel de ideación confabuladora, y se concluya sobre la verosimilitud, validez y credibilidad integral del testimonio brindado por la denunciante”.

La fiscal Labozzetta y el fiscal Vismara consideraron que con este pedido no se respetaban los estándares de investigación diferenciales para los casos de violencia de género que fija la Corte Interamericana de Derechos Humanos. “Estos tipos de pericias no sólo pueden ser revictimizantes sino que pueden hacer que las víctimas abandonen el proceso judicial. La extrema burocratización de la Justicia, que cita a las víctimas una y otra vez para que relaten una y otra vez sus tormentos, no debe hacerse más”, aseguran en el recurso de apelación pendiente de resolución hasta la fecha. Lo que sí peticionaron fue un peritaje psicológico para saber si los abusos dejaron huellas de estrés postraumático en la víctima.

Mientras tanto, la Justicia tucumana convocó a una audiencia pública. Alperovich mantuvo su récord de no presentarse ante la Justicia, ni siquiera cuando la audiencia había sido convocada por pedido de su defensa para que la causa continuara en esa sede. La denunciante sí fue, con todos los riesgos que eso implica, aunque no tenía la obligación.

En esa audiencia, el juez Enrique Pedicone, de la Cámara de Apelaciones en lo Penal de Tucumán, resolvió que las investigaciones debían continuar en ambas provincias hasta tanto la Corte Suprema de Justicia de la Nación resuelva.

Los pases de pelota del Poder Judicial costaron 70 días desde que la sobrina de Alperovich contó públicamente que “no quería que me besara. Lo hacía igual. No quería que me manoseara. Lo hacía igual. No quería que me penetrara. Lo hacía igual. Inmovilizada y paralizada, mirando las habitaciones, esperando que todo termine, que el tiempo corra. Ya saldría de ahí y estaría en mi casa, ya habría más gente alrededor, ya el disimulo y el trabajo lo iban a alejar de mi”.

Denunciar al poder

Se expuso al riesgo de que no le creyeran. Se expuso al vértigo que significa denunciar a una de las personas más poderosas, y por ello una de las más peligrosas, de la provincia. Se expuso ante la sociedad entera, bajo el riesgo de ser juzgada señalada y vapuleada.

Ahora, se pone a disposición de la Justicia, un ente que parece abstracto pero que está conformado por personas de carne y huesos. Seres políticos, seres que se educaron en una sociedad patriarcal, muchos de los cuales fueron puestos en sus cargos por quien hoy deben investigar y juzgar. En Tucumán el miedo a la parcialidad recorre los pasillos de tribunales. Ella lo sabe, pero confía en que allí puede encontrar las respuestas que necesita.

Llegó al momento de plantarse ante todo escribiendo durante meses los sucesos más aberrantes que vivió. Lo hacía en su computadora, muchas veces de noche. Recopiló en cuadernos y en su celular una a una las actividades, visitas, reuniones y personas que rodearon los hechos, para no olvidarse de nada ni de nadie, para reforzar su verdad ante la posibilidad de que intentaran tergiversarla. Mostró todo mientras se armaba la primera misiva.

“Animarse a hablar, animarse a decirlo es una vergüenza durante mucho tiempo”, reflexionaba ella cuando se preparaba para la última pericia. Cuenta que ni ella misma lo quería reconocer. Pero una vez que empezó, que se animó a leer sus propias palabras en voz alta, comenzó a llegar esa liberación que aún hoy transita.

Hablar con su familia, que es la misma familia que la de su agresor. Enfrentarse al miedo de que no lo crean, o que busquen detenerla en su necesidad de hablar. Sentir el rechazo, el vacío, era un temor que no la detuvo para continuar con la necesidad de que la verdad salga a la luz. Hasta encontrar esa contención familiar que luego se volvió fundamental para ir hasta las últimas consecuencias.

En ese trayecto se fue transformando y fortaleciendo. Hoy no le gusta que la llamen víctima. Dice que le da escalofríos esa palabra, que ya no se siente así, dice que tiene derecho a no seguir siéndolo.

Denunciar le cambió hasta la cara, dice y también lo ve su entorno. Se toca los ojos, los pómulos, muestra sus manos que ya no tiemblan como antes. Se sacó un peso muy grande que cargaba sola. Una angustia que le aplastaba el pecho, la hacía fumar y no comer. Confiar fue lo más difícil en todo este proceso. Confiar en alguien. Confiar en la Justicia. A su alrededor, actualmente, están muchas personas, su familia, sus amigas. Hoy un equipo técnico la acompaña.

Desde el 22 de noviembre una custodia de la Policía Federal se pasea a su lado, vive con ella, come lo mismo que ella, carga su celular con el mismo cargador que ella. Ir a una fiesta, salir con alguien, tomar un café sola dejó de ser una posibilidad. Pero está preparada. Sabiendo que el periodismo pondría el ojo en la causa judicial, ella decidió resguardar su intimidad e identidad, para lo que nombró a una vocera, Milagro Mariona, periodista feminista, que se plantó ante las cámaras para transmitir todo lo que iba pasando en el proceso judicial y mantener a la sociedad informada de uno de los casos más importantes en la historia de Tucumán.

Los hechos denunciados

Son nueve los ataques sexuales que describió con sus propias palabras en la acusación inicial presentada en la Justicia tucumana.

En noviembre del año 2017, ella se sumaba al equipo de trabajo de su tío, quien decía profesar un gran cariño a su padre y estaba entre las personas que más poder detentaban en la política tucumana. Fue decisión de Alperovich que ella ingresara a un círculo de confianza selecto con el rol de asistente personal, con el fin de llevar adelante su agenda diaria, la coordinación de reuniones, visitas y todos las peticiones laborales necesarias para cumplir con las tareas de la función parlamentaria y para la iniciada campaña por reconquistar la gobernación provincial.

Para ella se trataba de una gran oportunidad laboral, pero no era su primer empleo. Durante diez años se desempeñó en puestos de ceremonial y protocolo en diferentes estamentos públicos.

Cuando ya se había cumplido un mes de trabajo, sucedió el primer ataque sexual que marcaría el inicio de los peores momentos de su vida. Fue en uno de los exclusivos departamentos en el edificio Zencity, ubicado en Puerto Madero donde el martes se realizó la inspección ocular.

El dirigente político acusado trataba de llevarla a situaciones de familiaridad recordando anécdotas y hablando de parientes que tienen en común. Si no era suficiente marcar los lazos sanguíneos que los unían, José Jorge le remarcaba la importancia de la labor que realizaban, la excelente oportunidad de progreso para ella y la seguridad que él le brindaba estando a su lado. En esos momentos era cuando comenzaba a referirse a su cuerpo, a ordenarle que se acercara y a tocarla forzadamente.

“No seas tan arisca”, le decía cuando ella se negaba y le pedía que por favor parara. “Así de asexuada no me servís”, “Sos muy rígida, tenés que entregarte y aprender a disfrutar”, le repetía. Hasta llegaba a enviarle mensajes como “Mi vida, podría ser más cariñosa como por ejemplo un Buen día, como amaneciste, aunque no lo sientas”. Todas estas frases quedaron marcadas en su subjetividad violentamente y ahora forman parte del expediente judicial.

A medida que pasaba el tiempo, y también mientras que ella sentía que no podía recurrir a nadie, la situación de violencia se incrementaba. Todo esto continuó, hasta que a fines de marzo Alperovich produce el ataque más cruento que termina lastimándola, según consta en el informe médico ginecológico adjuntado en la causa.

Ya en 2019, el deterioro de salud de la denunciante era visible para numerosos testigos. Tenía 10 kilos de menos, temblores en las manos y brazos, falta de apetito, ataques de angustia y llanto. A tal punto no se podían ignorar estas señales que, el 21 de mayo de 2019 el asesor más cercano y de mayor confianza del senador tucumano, le expresa que había notado el maltrato de Alperovich hacia ella y le plantea que debería retirarse del trabajo para cuidar su salud.

También la senadora y compañera de fórmula electoral para la gobernación provincial, Beatriz Mirkin, al saber de sus malas condiciones le señala que espere hasta después de las elecciones para retirarse. Además se pone a disposición de lo que ella necesite.

Pero fue ella quien encaró sola la situación. El viernes 24 de mayo, finalmente se paró frente a su tío senador para manifestarle su renuncia y que los motivos de la misma eran todos los sometimientos que había sufrido. Él, en respuesta, la dejó sola en la oficina de una de sus casas como para restarle importancia. Ahí mismo ella comenzó el camino para reconstruirse.

La violación y el poder

Este caso de abusos sexuales no es el primero que resuena en el Congreso de la Nación, ni el primero que se conoce en el ámbito de la política argentina.

El senador del radicalismo por La Pampa, Juan Carlos Marino, fue denunciado por Claudia Guebel, empleada de su despacho, a fines del 2018. La justicia lo sobreseyó pero Guebel decidió apelar la medida y la Cámara de Casación Penal falló a su favor y por ello continúa la investigación.

Manuel Mosca, diputado del PRO de la Cámara en la Provincia de Buenos Aires, fue denunciado por abuso sexual el 30 de abril de 2019. Al principio archivaron causa sin ningún tipo de prueba, pero la denunciante apeló y volvió a declarar, lo que permitió que continúe abierto el proceso judicial pero sin mayores consecuencias.

Jorge “Loco” Romero, ex senador provincial en Buenos Aires, en diciembre del 2018 fue denunciado por Stephanie Calo, militante de La Cámpora. Está bajo investigación judicial pero nunca lo llamaron a declarar.

En Tucumán, la provincia más pequeña del país, el rumor de la denuncia por abuso sexual corría por los pasillos de la Casa de Gobierno. Tanto que cuando por fin llegó el 22 de noviembre, en los actos públicos de esa mañana se podía oír entre susurros con nombre y apellido cómo se destapó la olla. Era desesperante encontrarse con que tantas personas conocían lo que había sucedido.

A nadie le sorprendía demasiado. Ya había sido el propio Alperovich quien se mostraría en cámara haciendo comentarios misóginos hacia una periodista de La Gaceta que lo entrevistaba, a la que llamó “preciosura”, y aseguró que era “el perfil” de mujer que le gusta. Evadía las preguntas diciéndole “no te queda bien hacerte la mala”, invalidando y obstruyendo así su tarea periodística. Una violencia sexual que nada tenía que ver con la tarea laboral que realiza la periodista, al igual que con su ex secretaria.

Alperovich, en el medio de una campaña electoral provincial que lo llevaría al cuarto lugar, muy lejos del objetivo que creía obstinadamente seguro, con esta suma de actos violentos hizo una demostración de su capacidad de someter a otra, su fuerza física y competencia sexual ante sus pares masculinos. “Me das energía” o “Me das poder” resultan equivalentes, porque el poder sin subordinación no existe en el sistema patriarcal.

 

fuente: pagina12

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