Gustavo Díaz Arias: “La literatura no busca únicamente ser escrita, sino también ser habitada”

Letras de Fuego / Entrevista / Por Manuel Ernesto Rivas*. El escritor tucumano Gustavo Díaz Arias desnuda su piel sensitiva en clave literaria para mostrarnos una luminosa alma creadora de palabras que despiertan elevadas reacciones en los lectores.

Manuel Ernesto Rivas (MER): —¿Qué sensaciones te deja este año que culmina con la inclusión en el Fondo Editorial Aconquija?

Gustavo Díaz Arias (GDA): —No estoy del todo seguro de cómo empezar a responder, quizá porque este año me tomó por sorpresa. No había pensado participar; fue una amiga muy querida, la escritora Verónica González, quien insistió y, sobre todo, quien me tendió una mano invisible para que volviera a creer en mí. Siempre me sentí más confiado en la narrativa que en la poesía, tal vez porque la poesía expone zonas más frágiles, más desnudas. Uno nunca entra a un concurso pensando en perder, sin embargo, cuando recibí el correo que anunciaba el premio, lo primero que sentí fue incredulidad, una mezcla de asombro y silencio interior. Aún hoy me cuesta terminar de comprenderlo.

La inclusión en el Fondo Editorial Aconquija significa para mí algo que excede cualquier logro individual. Es la sensación, profunda y reparadora, de pertenecer. De saber que hay un lugar donde la palabra es cuidada, donde la literatura no se vive como competencia sino como compañía, y donde escribir deja de ser un acto solitario para convertirse en un gesto compartido de belleza, de memoria y de sentido. En el Ente Cultural de Tucumán encontré ese abrigo. Y en la reunión con los directivos del Ente y del Fondo ocurrió algo que no voy a olvidar: por primera vez sentí, sin dudas ni defensas, que alguien me estaba diciendo, y que yo podía creerlo, que soy, verdaderamente, un escritor.

MER: —¿Qué nos puedes adelantar de tu libro?

GDA: —Hago hincapié en esta época que habitamos, donde el ruido parece haberse vuelto una forma de dominio. Los sonidos nos rodean, nos persiguen, nos saturan, y en ese contexto el silencio suele percibirse como una amenaza, como una fuerza disruptiva que incomoda al bullicio permanente de la sociedad. Creo que ocurre algo más profundo: muchas personas temen encontrarse consigo mismas. Hay un miedo íntimo a detenerse, a escuchar lo que emerge cuando todo calla. Por eso se ha perdido la capacidad de reconocer el valor esencial del silencio como una forma legítima y necesaria de comunicación.

Hemos olvidado que, en el silencio, la mente se vuelve tierra fértil. Allí germinan las preguntas verdaderas, la memoria, el dolor y también la esperanza. Desde ese territorio nace este libro. Lo concebí como un homenaje a la necesidad de abrazar el silencio en tiempos de guerra, de duelo, de confrontación y de pérdida, pero también en los instantes de plenitud y de celebración, cuando el alma necesita recogerse para comprender lo vivido. Porque el silencio no es huida ni renuncia: es una forma de conocimiento. Tal vez, incluso, la actitud más sabia frente a la incertidumbre y la inquietud que atraviesan nuestra condición humana.

MER: —¿Cuáles fueron las experiencias en los diversos encuentros literarios?

GDA: —Este año, y por primera vez, participé de diversos encuentros literarios, y cada uno de ellos me dejó una sensación profunda de completitud. Llegué con cierta timidez, pero fui recibido con una calidez sincera, tanto por los organizadores como por quienes se acercaron a escuchar. En esos gestos simples entendí que la literatura también es un acto de hospitalidad. Y fue esa hospitalidad, en sí misma, una experiencia transformadora.

Durante mucho tiempo escribí en soledad, convencido de que el texto se sostenía por sí mismo. Sin embargo, en estos encuentros descubrí algo esencial: la escritura termina de nacer cuando se entrega al otro. Cuando alguien escucha, cuando una mirada acompaña la lectura, la palabra deja de ser solo del autor y se vuelve experiencia compartida. Allí el texto adquiere cuerpo, respira, y se vuelve real.

Esos momentos me enseñaron que la literatura no busca únicamente ser escrita, sino también ser habitada. Y en ese intercambio, íntimo y frágil, comprendí que escribir es, en el fondo, una forma de encuentro.

MER: —¿Qué satisfacciones te dio la escritura?

GDA: —A esta pregunta, la puedo dividir en dos partes. La primera respuesta es corta y simple: lo ha sido todo para mí. En mis textos hago mi catarsis diaria. Es la mayor felicidad en mi vida la escritura.

La segunda parte, debo admitirlo, me coloca un poco entre la espada y la pared, porque me obliga a mirar en retrospectiva cambios que todavía estoy asimilando. A partir de la publicación y el reconocimiento de mi libro, comenzaron a suceder transformaciones profundas en mi vida. Tucumán es una provincia con una actividad literaria intensa, con numerosos encuentros y espacios de micrófono abierto. Sin embargo, soy una persona introvertida, incluso muy asocial, y durante mucho tiempo asistí muy poco a este tipo de eventos.

Hubo algo que me ayudó a replantear esa postura. Mis camaradas budistas me hicieron ver una dimensión que yo no estaba considerando: la responsabilidad afectiva y cultural que nace cuando la palabra empieza a encontrar lectores. En los últimos años he recibido premios y menciones, he sido publicado en Estados Unidos, México, Costa Rica, España y Argentina; en 2024 el Honorable Concejo Deliberante de Tucumán me distinguió como escritor destacado de la provincia; en marzo de este año fui nombrado Vicepresidente de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional; participo como panelista en Letras al Aire, por Radio Universidad, y recientemente recibí el premio Pluma del Fénix 2025. Todo eso me hizo comprender que el reconocimiento no es solo un honor, sino también una invitación para abandonar la mudez del alma. Salir y abrazar al otro, es agradecimiento.

Comencé entonces a asistir con mayor frecuencia a los encuentros literarios, no desde la exposición, sino desde la gratitud. Estar presente es una forma de retribuir, de convocar a otros a la lectura, a la escritura y a la vida cultural. Y así, casi sin darme cuenta, aunque para algunos pueda parecer poco, hoy me siento parte activa del movimiento cultural de mi provincia, caminando ese espacio con respeto, compromiso y una profunda emoción.

MER: —¿Cuáles son los caminos temáticos y estéticos que te gusta transitar en la poesía?

GDA: —Me hubiese gustado que me preguntaras por la narrativa, porque hablar de poesía me desnuda. Y no es vergüenza, pero sí una exposición que todavía me cuesta. La poesía, para mí, es el lugar donde no hay máscaras posibles, donde uno escribe con lo que duele y no con lo que sabe.

Me atrae profundamente la poesía oscura, aquella que se interna en las zonas límite de la experiencia humana: la muerte, la locura, la culpa, el vacío, lo prohibido, lo trágico, lo erótico, lo inefable. No se trata solo de un tono sombrío, sino de una ética de la mirada: mirar allí donde otros apartan los ojos. Explorar lo que incomoda, lo que hiere, lo que no tiene respuestas claras.

Por eso vuelvo una y otra vez a Charles Baudelaire, porque supo convertir la decadencia y el vicio en materia poética, demostrando que la belleza también puede nacer de lo corrupto. A Arthur Rimbaud lo leo como a alguien que descendió a los infiernos de la percepción: su oscuridad nace del exceso, de lo visionario, de una lucidez brutal y autodestructiva. Una temporada en el infierno es, para mí, una autobiografía espiritual hecha de ruinas.

Edgar Allan Poe me atraviesa por su escritura desde la obsesión, la paranoia y la muerte; Paul Celan, porque escribe después del Holocausto, desde un lenguaje herido, éticamente quebrado, donde cada verso intenta decir lo indecible sin traicionarlo. Alejandra Pizarnik es imprescindible: su poesía no es oscura por lo gótico, sino por su desnudez radical, por ese yo enfrentado a su imposibilidad de ser. Sylvia Plath, con su intensidad feroz, convirtió el sufrimiento psíquico en una poética sin anestesia. Antonin Artaud escribe desde el dolor físico y mental extremo: su poesía es grito, cuerpo herido, destrucción del lenguaje domesticado. Y César Vallejo está siempre presente en mis textos, porque su oscuridad es existencial y metafísica: el sufrimiento humano, la culpa de estar vivo, la imposibilidad de la existencia de un dios. Vallejo escribe desde una herida que es universal.

Escribo todos los días desde ese lugar. No puedo dejar de escribir sobre lo atroz, y a la vez profundamente humano, de estar vivo. Porque, para mí, la poesía no busca consolar: busca decir la verdad, incluso cuando duele.

MER: —¿Cómo analizas el ámbito literario de la provincia?

GDA: —Tucumán es una provincia profundamente afortunada, y quienes vivimos en ella también lo somos. La actividad literaria no se detiene a lo largo del año, y eso es algo verdaderamente valioso. Hay una vitalidad constante, una circulación permanente de la palabra que sostiene y renueva el vínculo entre quienes escriben y quienes leen.

En casi cualquier punto de la provincia, y de manera muy marcada en la capital, siempre hay un espacio, un encuentro, un micrófono abierto, una lectura donde los escritores pueden compartir sus obras. Esa presencia continua de la literatura habla de una comunidad activa, generosa y comprometida con la cultura. En ese sentido, somos privilegiados: no solo por la cantidad de propuestas, sino por la posibilidad real de que la escritura encuentre un lugar, una escucha y un sentido colectivo.

MER: —¿Cuál es la Feria o el Encuentro Literario que más te impactó? ¿Por qué?

GDA: —En la actualidad hay dos eventos que resultan centrales en la vida literaria de la provincia. Por un lado, el Mayo de las Letras, un espacio histórico y necesario, que confío pueda volver a brillar con la intensidad de otros años. Es importante decir también que el Ente Cultural de Tucumán realiza un trabajo admirable, casi milagroso, si se tiene en cuenta el presupuesto con el que cuenta y la amplitud de su tarea.

Ahora bien, si pienso en el encuentro que más me impactó, sin dudas fue el Encuentro Nacional de Escritores del Sol, en Las Talitas. Allí se percibió algo excepcional: una organización cuidada hasta el detalle, una verdadera apuesta institucional y un compromiso genuino con la literatura. Tanto la Municipalidad como los organizadores pusieron todo para convertirlo en una experiencia inolvidable.

Me impactó no solo la prolijidad organizativa, sino también la calidad y la relevancia de los escritores invitados. Por su alcance, su convocatoria y su jerarquía, este encuentro logró una dimensión que hoy no encuentra equivalencia en otras ferias de la provincia, y se convirtió en un verdadero acontecimiento cultural.

MER: —¿Cómo pueden lograr más visibilidad los escritores del interior?

GDA: —Es una pregunta crucial, porque no es solo literaria: es política, cultural y profundamente simbólica. Los escritores del interior no carecen de calidad; lo que suele faltar es circulación, intermediación y escucha. Dicho con crudeza: el problema no es la escritura, sino el mapa del poder cultural. Por eso creo que el desafío es convertir la palabra “interior” en identidad y no en carencia.

Cuando el territorio entra verdaderamente en el texto, en el lenguaje, el ritmo, la memoria, el paisaje, el conflicto, deja de ser periferia y se vuelve singularidad. Allí aparece una voz que no puede ser desplazada ni reemplazada. Publicar es fundamental, incluso cuando no se trata de grandes sellos: editoriales independientes provinciales, fondos editoriales municipales o universitarios, plaquetas, fanzines, libros artesanales bien curados. Estoy convencido de que un libro circulando vale más que un texto perfecto guardado en un cajón.

También es imprescindible tejer redes reales, no solo virtuales. La visibilidad crece en comunidad: lecturas compartidas, ciclos autogestionados, presentaciones cruzadas entre provincias, antologías colectivas. El escritor aislado tiende a diluirse; el grupo, en cambio, genera masa crítica. Las redes sociales deben funcionar como vitrina, no como altar: mostrar procesos, fragmentos de obra, lecturas, ferias, reflexiones sobre la escritura. No se trata de marketing vacío, sino de existir en el radar sin traicionar la obra. En lo personal, es algo que estoy pensando seriamente a partir de 2026.

Siento que debemos buscar legitimaciones laterales, no solo centrales. A veces el error es mirar exclusivamente a Buenos Aires, o incluso a la capital de la propia provincia, cuando la visibilidad también puede llegar desde festivales regionales o internacionales, revistas digitales de otros países, convocatorias temáticas o pequeñas traducciones. Muchas trayectorias crecen en diagonal, no en línea recta.

Creo también en profesionalizar sin perder el alma: enviar textos bien presentados, con biografías claras, postular a becas, concursos y residencias, aceptar que escribir implica cierta gestión cultural mínima. Y, sobre todo, defender la propia voz. Como me enseñó mi profesora Inés Cortón, esa es la clave. La mayor tentación del escritor del interior y de muchos otros, es imitar a los nombres consagrados para ser aceptado, y en ese gesto suele perderse lo más potente. La visibilidad verdadera llega cuando el texto no podría haber sido escrito en otro lugar.

Algo que me repito para animarme a salir de mi propia cueva es esto: la visibilidad no es un golpe de suerte ni un acto de viralidad. Es un proceso. Es persistencia. Lectura tras lectura. Libro tras libro. Voz tras voz.

MER: —¿Qué te generan las acciones diarias del Taller Repentista?

GDA: —Tocaste mi punto más sensible. Cuando decido salir de mi cueva, ese lugar cómodo y silencioso donde suelo habitar, casi siempre es para ir al Taller Repentista. No es una página de internet ni un grupo más: es un espacio vivo. Allí hay un alma que se activa y vibra con la presencia de cada repentista que llega. Algo ocurre cuando nos reunimos: la palabra se vuelve cuerpo, escucha, riesgo compartido.

No ha sido sencillo alcanzar ese estado. Detrás hay una labor incansable, sostenida en el tiempo, con un objetivo claro y exigente, llevada adelante por Inés Cortón. El taller, a veces, incomoda. Y está bien que así sea. Todos tendemos a querer acomodar el mundo a nuestra medida, pero es precisamente en ese gesto donde se pierde el rumbo. El taller persiste porque no se rinde a esa comodidad: exige, corrige, cuida, y vuelve a empezar.

En enero superaremos los cuatro mil encuentros, y sinceramente no creo que exista en el mundo otro espacio con esa continuidad, esa ética y ese compromiso con la escritura. Para mí, el Taller Repentista es mi lugar en el mundo. Es mi refugio. El sitio al que voy a encontrarme con otros escritores, a leerlos, a estudiarlos, a intentar comprenderlos. Y, sobre todo, a amarlos en el acto profundo y paciente de compartir la palabra.

MER: —¿Qué cosas te conmueven?

GDA: —Me conmueve la mirada del otro cuando todavía pide permiso para existir. Me duele la ausencia de empatía, ese ruido seco de las puertas que no se abren: no grita, no mata de inmediato, pero va dejando gente sola en todas partes. Hay lugares donde la guerra se volvió paisaje y nadie recuerda cómo era el silencio. Ancianos que envejecen sin testigos, niños que no aprenderán a nombrar el mundo. Cuerpos sin trabajo, sueños sin horario, metas que no llegan a ser promesa. Y personas, tantas, que no piden nada más que un abrazo, como quien pide confirmación de que sigue vivo.

MER: —Si tuvieras que pedir un deseo ¿Cuál sería?

GDA: —“Si pudiera pedir un deseo, sería conservar para siempre esta mirada que hoy tengo sobre la vida mientras respondo a tu entrevista: una conciencia lúcida de que la existencia está hecha de luces y sombras, de bondades y de miserias, y que sólo aceptando esa dualidad podemos caminar con verdad. No deseo los días en que el dolor me arrincona y me tienta a creer que la violencia es la única forma de justicia; tampoco quiero aquellos en los que todo parece tan perfecto que me aíslo y olvido que siempre hay alguien esperando una mano. Prefiero días como este, en los que me encuentro con personas que también creen en la posibilidad del bien, y que trabajan para que la paz deje de ser una utopía y comience a ser un horizonte común.”

MER: —¿En qué proyectos trabajas?

GDA: —Antes de Silencio, el libro que será publicado por el Fondo Editorial Aconquija, tenía ya concluidos dos libros de cuentos. Uno de ellos es De Dragones y Otras Historias, un volumen inspirado en la mitología griega y romana, con prólogo de Inés Cortón; el otro es De Entierros y Funerales, un libro de terror, con prólogo de Adriana Lucero. Ambos están previstos para publicarse por Liztveen Ediciones. Sin embargo, decidí darme un tiempo. Quiero habitar este premio, disfrutarlo con la calma que merece, y luego dedicarme de lleno a esos proyectos que me acompañan desde hace años.

Además, hay algo más, quizá lo más inesperado. Estoy trabajando, y cuidando como un tesoro, un poemario de amor. No es un territorio habitual en mi escritura, y justamente por eso lo vivo con una mezcla de pudor y asombro. Creo que la editorial más adecuada para ese libro sería Letras de Fuego, y si todo encuentra su ritmo natural, imagino su publicación para la segunda mitad de 2026.

Hoy estoy en un momento de pausa consciente: dejando que cada libro encuentre su tiempo, su forma y su destino. Porque también eso, creo, es parte del oficio de escribir.

MER: —¿Qué consejo le dirías a quienes están comenzando con la escritura?

GDA: —Les diría esto, con honestidad y sin romanticismos excesivos: escriban incluso cuando no se sientan escritores. No esperen la voz perfecta, el estilo propio ni la validación ajena. Todo eso llega después, y muchas veces llega torcido. Al comienzo, escribir se parece más a aprender a caminar en la oscuridad que a producir belleza.

Escriban con constancia, no con inspiración. La inspiración es caprichosa; el hábito, en cambio, es leal. Un texto torpe hoy vale más que un silencio impecable. Lean mucho, pero no para imitar: lean para descubrir qué los incomoda, qué los conmueve, qué los enfurece. Ahí empieza a formarse la voz propia. Permítanse escribir mal. Los primeros textos casi siempre fallan, y no por eso son un fracaso: son entrenamiento.

No escriban para gustar. Busquen decir. El texto que intenta agradar suele ser olvidable; el que se arriesga a decir algo verdadero, incluso incómodo, deja marca. Escuchen las críticas, pero aprendan a filtrar: no toda opinión merece entrar al taller interior. Hay que saber distinguir entre corrección e imposición.

Cuídense tanto del ego como del desprecio hacia uno mismo. Ambos paralizan. El ego impide aprender; el desprecio impide continuar. Acepten que escribir también es soledad, pero una soledad fértil. Si duele demasiado, descansen; no abandonen.

No escriban para “ser alguien”. Escriban porque hay algo en ustedes que no sabe callarse. Y si alguna vez sienten que nadie los lee, recuerden esto: todo escritor empieza siendo su único lector honesto.

Todo lo que digo lo aprendí, y lo sigo aprendiendo, de mi amada profesora, Inés Cortón.

Datos biográficos del entrevistado

Gustavo Díaz Arias es profesor de Inglés. Moderador en el Taller Repentista, un espacio literario de escritura diaria. Fundador de ‘La Asociación Ilícita de los Poetas Muertos: Alejandra Pizarnik’. Miembro de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores). Miembro y Vicepresidente de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional – Delegación Tucumán. Colaborador literario en el Diario Cuarto Poder.

El escritor Gustavo Díaz Arias.

Libros: “Voces de Ausencia”, “La Gran Apuesta”, “El Río Demorado”, “4 Poemas y Un Cuento Falaz”, “Poesía erótica”, “Cuentos Fantásticos” entre otros. Publicado en España, Estados Unidos, México, Costa Rica y Argentina.

Premiado en poesía y cuentos. Nombrado escritor destacado de Tucumán año 2024, por el Honorable Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán. Premiado en Poesía por el Ente Cultural de Tucumán, por su libro ‘Silencio’ (será publicado en 2026). Premio ‘La Pluma del Fénix 2025’.

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