Por Manuel Rivas* de Diario Cuarto Poder / El sueño de un chico de Aguilares. La muerte del maestro Héctor Zaraspe, bailarín, coreógrafo y amante del arte y la cultura, no hizo más que dejarlo en el bronce de la eternidad. Las entrevistas que le hice.

Tres entrevistas para el deleite

En mi carrera periodística tuve la oportunidad de conocer a grandes personalidades. Una de ellas, sin duda, fue el maestro Héctor Zaraspe, quien nos ha dejado sin su presencia en este plano físico, pero permanecerá en el recuerdo y el homenaje.

Particularmente, me tocó entrevistarlo en tres ocasiones, una de ellas junto al periodista Luis Monti, en el ya desaparecido diario El Siglo. Sobre el epílogo se nos unió nuestro colega David Correa. El entrevistado nos manifestó su beneplácito al final.

En las otras dos oportunidades, ya para El Tribuno de Tucumán, las conversaciones que fueron reflejadas en las páginas del diario lo mostraron en toda su dimensión, por ejemplo, en coincidencia con el fallecimiento de su ídolo poético, Mario Benedetti.

Clases a cambio de gallinas y huevos

En esos tiempos, no tan lejanos, Zaraspe ya se había jubilado de la Juilliard School, en donde se desempeñó como docente por espacio de 35 años, pero toda su vida había transcurrido yendo y viniendo a su querido Tucumán.

Había nacido un 4 de junio de 1930 en Aguilares (Tucumán), en donde a los 8 años tomó contacto con lo más tradicional: las danzas folclóricas. Luego, con las danzas españolas y finalmente con su sueño más preciado: el ballet clásico.

“En Tucumán, pagaba mis clases con gallinas y huevos”, rememoró quien antes de los 12 años conociera en Buenos Aires a la propia Eva Perón, quien le consiguió que ingresara al Teatro Colón y un trabajo en el Correo Argentino.

Ese fue el espaldarazo que le permitió aprender de grandes maestros como Otto Weber, Esmée Bulnes y Gema Castillo. Más tarde, en 1954, se radicó en España, en donde llevó adelante el proyecto del Liceo Coreográfico de Madrid.

Las puertas de la enseñanza

“Mi cuerpo no me daba para ser primer bailarín y es por ello que abracé la docencia, en la que siempre traté de dar lo mejor de mí”, señaló en su momento sobre la elección del rumbo que tomaría su carrera.

De ese modo, ingresaría en 1964 a la Juilliard School, en donde se desempeñó por tres décadas y media, guiando y posibilitando la carrera de grandes exponentes de la danza clásica, además de aportar coreografías a la pantalla grande.

Fue tal la huella que dejó en la Juilliard School que desde 1998 se otorga el Premio Zaraspe a la mejor labor coreográfica. Se trata del premio a un legado, pero también un reconocimiento que recibió en vida, como debe ser.

El día que venció al “dios de la danza”

Zaraspe tuvo como alumnos privados a grandes bailarines, como Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn. El primero de ellos se había refugiado en Estados Unidos (EE.UU) desde la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

El eximio bailarín soviético Rudolf Nureyev.

Al marcarle el tucumano cómo debía realizar un movimiento e insistir en la práctica en hacerlo como a él se le antojaba, Zaraspe supo que estaba en la fase de ganarse o perder el respeto para siempre e insistió.

Nureyev respondió que así realizaba ese movimiento en Rusia, a lo que Zaraspe le retrucó que se hallaba en los Estados Unidos. Cuando repitió el ejercicio, lo hizo como lo indicaba su maestro, sí, ese tucumano que pagaba las clases con gallinas.

La última entrevista y la admiración por Benedetti

Nuestra última entrevista la concretamos por un hecho puntual. Había fallecido Mario Benedetti y me permití, por la devoción que le tenía, publicar un poema en su homenaje, gracias a la intervención del director del diario, Eliseo Trillini.

Dio la casualidad que Zaraspe se hallaba en Tucumán y que era fanático del poeta uruguayo, al punto que se conmovió con lo publicado: “Usted le ha hecho el mejor homenaje a Benedetti que yo haya leído”.

El escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti.

Fue una charla en la que su arte, sus gustos por la literatura y la promoción del arte, se dieron la mano. Recuerdo que publicamos una foto en la que, junto a un espejo, replicaba dos imágenes que impedían saber cuál era el Zaraspe real.

Ahora que se apagó su vida, el recuerdo de esas entrevistas comenzará el camino ineludible de agigantarse en cada aniversario, pero no habrá exageración que no merezca Héctor Zaraspe en la eternidad.

*Fundador y director de Diario Cuarto Poder. Profesor de Letras e Historia, periodista y escritor.

 

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