inundados

Especialistas advierten que el avance de countries, loteos y barrios sobre el pedemonte y otras áreas de absorción cambió el comportamiento del agua. Lo que antes infiltraba, hoy baja con más velocidad y termina colapsando canales y calles aguas abajo.

En Tucumán, cada vez que una tormenta fuerte deja calles anegadas, canales desbordados y barrios bajo agua, la discusión pública suele enfocarse en lo que se ve: una avenida colapsada, una alcantarilla tapada o un canal que no dio abasto. Pero el problema, en muchos casos, empieza mucho antes de que el agua llegue a esos lugares. El problema no siempre está donde se ve, sino donde se genera.

La clave está en las zonas altas del oeste metropolitano, especialmente en el corredor que va desde Tafí Viejo hasta Yerba Buena, Villa Carmela, San José y sectores próximos a San Pablo. Allí, en las últimas décadas, el crecimiento urbano transformó de manera profunda superficies que antes absorbían, demoraban o distribuían naturalmente el agua de lluvia. Ese cambio silencioso es el que hoy explica gran parte de las inundaciones.

El urbanista Gerardo Isas lo sintetizó con una frase que resume el fenómeno: “La ciudad hoy recibe el agua que la tierra absorbía”.

La definición no es retórica. Es casi una descripción física de lo que ocurrió en el territorio.

El especialista pone el acento en la transformación de las zonas altas, donde en los últimos años avanzaron desarrollos urbanos sobre terrenos que antes cumplían una función ambiental esencial. “Cada desarrollo implica desmonte y superficies impermeables. Antes había suelo absorbente; hoy el agua escurre directamente. Eso aumenta el volumen que llega a los canales”, explica.

El agua ya no encuentra el mismo suelo

En las zonas altas y de pedemonte, el cambio de uso del suelo alteró el funcionamiento natural del escurrimiento. Donde antes había vegetación, suelo permeable, monte, cultivos o superficies abiertas, hoy hay cada vez más calles pavimentadas, plateas, cocheras, veredas duras, techos y urbanizaciones cerradas.

Cada una de esas intervenciones reduce la capacidad del terreno para infiltrar agua. Y cuando eso ocurre a escala masiva, el impacto deja de ser local: el agua empieza a bajar con más rapidez, en mayor volumen y con menos posibilidad de amortiguación.

Eso significa que una lluvia intensa ya no se reparte igual que antes. Se concentra más rápido y golpea con más fuerza sobre los desagües, canales y zonas bajas de la ciudad. Más agua, más rápido y en menos tiempo.

Los estudios sobre expansión urbana en el área metropolitana tucumana ya habían advertido este proceso. En el caso de Yerba Buena, una investigación académica identificó 49 urbanizaciones cerradas, entre barrios privados, countries y condominios, que ocupaban unas 727 hectáreas, equivalentes a casi el 19% de la superficie del municipio. No es un crecimiento menor: es un cambio estructural del territorio.

Ese dato es clave porque muestra que no se trata de un crecimiento menor o aislado. Se trata de una transformación territorial muy fuerte, concentrada precisamente en una de las zonas que históricamente funcionaban como área de transición y absorción entre la sierra y la ciudad.

Tucumán tiene, además, una condición geográfica muy particular. Buena parte de la expansión residencial más intensa de las últimas décadas se produjo sobre el pedemonte de San Javier, una franja que conecta la sierra con la llanura y que históricamente cumplió una función ambiental decisiva. Era una zona que funcionaba como regulador natural del agua.

Ese territorio no es neutro. Es una zona donde el agua de lluvia baja, se dispersa, infiltra o encuentra sus caminos naturales antes de alcanzar la ciudad más consolidada.

Cuando ese espacio se ocupa sin una mirada integral de cuenca, la lógica cambia por completo. Lo que antes se absorbía o demoraba, ahora se canaliza y se acelera. Se pierde la capacidad natural de amortiguar las lluvias.

En términos concretos, eso se traduce en una consecuencia conocida por miles de tucumanos cada vez que llueve fuerte: calles convertidas en cauces, barrios que se anegan en minutos y desagües que no alcanzan. La ciudad se transforma en un sistema de escurrimiento forzado.

Si hay un lugar donde este proceso se ve con claridad es Yerba Buena. No solo por su crecimiento urbano, sino porque allí se consolidó una de las transformaciones territoriales más fuertes del área metropolitana. La expansión de urbanizaciones cerradas, especialmente desde los años 90 y 2000, ocupó superficies que antes tenían mayor capacidad de absorción, modificando el comportamiento del agua a escala regional.

El problema no es únicamente cuántos barrios se construyeron, sino dónde se construyeron, con qué infraestructura y bajo qué lógica hidráulica regional. Ahí está el núcleo del problema.

No alcanza con limpiar canales

Uno de los puntos más sensibles del debate es la explicación simplificada que suele aparecer después de cada temporal: que el problema es la basura o la falta de limpieza.

Eso puede agravar situaciones puntuales, pero no explica por qué colapsan simultáneamente distintos puntos del sistema. No alcanza para explicar inundaciones generalizadas.

El fondo del problema es otro: muchos canales y obras pluviales fueron pensados para una ciudad mucho más chica, con menos impermeabilización y con otra ocupación del suelo. Hoy reciben más agua de la que pueden soportar.

Es decir, la infraestructura muchas veces sigue respondiendo a un mapa urbano viejo, mientras la realidad del territorio cambió de forma drástica. La ciudad cambió, pero el sistema no se adaptó.

Por eso, cuando Isas advierte que “se apunta al canal, pero no al origen del problema”, en realidad está señalando algo más profundo: el sistema está recibiendo un volumen y una velocidad de agua para los que no fue concebido.

“No se puede atribuir el problema a la basura, por ejemplo. El volumen de agua no tiene relación con eso. Hay causas estructurales que no se están analizando”, advierte.

Para Isas, el eje del problema no está en lo visible o inmediato, sino en decisiones de fondo vinculadas al uso del suelo. Y esa lógica también alcanza a la discusión sobre infraestructura. “Muchos canales responden a diseños de los años 60 y hoy deben manejar un volumen de agua mucho mayor, en un contexto completamente distinto”, señala.

Hay además una dimensión social que no se puede soslayar.

Buena parte de las nuevas urbanizaciones se desarrollaron en sectores altos, valorizados y con fuerte atractivo inmobiliario. Pero el agua que ya no infiltra allí no se queda en esos lugares: baja. Siempre baja.

Y muchas veces termina impactando sobre sectores más bajos, más densos y con menor capacidad de respuesta. Es decir, el costo de ciertas decisiones urbanas no siempre lo paga quien las toma ni quien las aprovecha. Lo terminan pagando otros barrios.

No se trata solo de cuánto llueve, sino de qué se autorizó, dónde se permitió construir, qué exigencias hidráulicas se impusieron —o no— y quién controló que el crecimiento urbano no agravara el riesgo para el resto de la ciudad. Esa es la discusión de fondo.

En Tucumán, la expansión urbana del oeste no fue un fenómeno espontáneo. Fue el resultado de decisiones acumuladas durante años. Decisiones que hoy muestran sus consecuencias.

Por eso la discusión de fondo ya no puede quedar reducida a la obra puntual que falta o al canal que debe ensancharse. La pregunta central es otra: si se sigue urbanizando suelo que debería absorber agua, ¿cuánto más puede resistir la ciudad baja?

Esa es la discusión que empieza a aparecer cada vez que una tormenta deja calles colapsadas y barrios afectados.

La diferencia es que ahora el problema empieza a verse con más claridad: muchas de las inundaciones que hoy golpean a Tucumán no nacen donde se ven, sino donde durante años se decidió crecer sin mirar el agua. Ahí está el verdadero origen del problema.

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