Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria: la escritora Silvia Flores

Letras de Fuego / Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria / Por Silvia Flores*. En el último día del “Mes de la Memoria” compartimos el cuento de esta escritora del sur tucumano, con quien cerramos este exitoso ciclo que nos permitió reflexionar.

ENTRE FUEGO Y CENIZAS

Sentada en una amplia galería de la casona, con las paredes húmedas y mirando una guía de la madreselva que, casi sin vida, tiene una flor; como fondo se escucha la canción de Hernán Figueroa Reyes y vuelven los recuerdos, la memoria, esa memoria que no falla, que no se permite olvidar a pesar de los años.
Retumban a lo lejos el golpe de los botines del pelotón y, como ya sabíamos que ellos llegaban, cascos, metralletas, uniformes, camiones, mirada dura, voces imponentes. El grito de “¡alto!” resuena, hace eco en el silencio. ¡Cómo olvidar!
Apenas once años, mi hermana quince, quedábamos quietas mientras llegaban; ver de lejos a ella mientras fregaba una camisa, un soldado con una ametralladora apuntaba. No tenía miedo, pues por ahí una caricia en mi cabeza si a mi lado pasaban.
“Manos arriba”, mi padre salía; a mi vecino le gritaban. Campos secos, todo se escuchaba y el verde resaltaba. ¿Qué buscaban? Armas, información, alguna palabra, algo que delatara.
Era escenario común, repetido, a veces de día, otros de noche, hasta los fines de semana; las siestas eran movidas, las tardes apagadas, solo se veía surcar el cielo helicópteros como pájaros en bandada, siempre hacia la montaña. Las luces a la noche eran prohibidas, nada brillaba.
No entendía nunca nada, pero sí recuerdo siempre esas chicas de bandana, hombres de barba, ropa rasgada. Llegaban a escondidas y por el camino del frente siempre se escurrían, como si alguien los mirara.
Era del campo mi casa, pero esa gente siempre llegaba. Una vez trajeron libros y revistas marcadas; con el tiempo alguien me dijo eran “mensajes”, daban instrucciones, algo buscaban.
Con mi padre nunca hablaron, ellos pasaban, dejaban o miraban. Una noche tuve miedo, estaba sola con mi padre en casa; una luz tenue la entrada iluminaba, Capitán, mi perro, ladraba, hasta que no me aguanté, me trepé en mi cama, colgada de una madera que a la banderola de la alta puerta gris quedé agarrada. Nuevamente el silencio de la noche, solo el ladrido de Capitán se escuchaba como eco a la distancia; estaban allí ellos y las chicas de bandana. ¿Qué hacían a esa hora? Eran las dos de la mañana, parecían querer entrar, algo los frenaba, qué sé yo. Pero no pasó nada, me dormí acurrucada en la cama. Al otro día, cuando vino mi madre, ellos hablaban, no me acuerdo en qué; ella al pueblo se fue y a la tarde la policía en mi casa estaba. Yo los miraba, sacaron un cuadro que de la pared colgaba, era el título de enfermera de mi madre, algo tramaban y empezaron a custodiar mi casa; cuando de noche venían, en clave hablaban, en silencio y a oscuras la casa estaba. Toc, toc, la puerta sonaba: “¿Está la enfermera?”, y así pasaban. Todo era a oscuras. ¿De qué, de quiénes nos cuidaban?
Si los hombres de verde llegaban, ya miedo no me daba, me sentía segura en mi casa, o por lo menos así lo veía yo. No sé qué tiempo pasó; a un hijo de un vecino lo agarraron. ¡Qué paliza le dieron! Y de mi padre le preguntaron. Otra vez la policía y los militares estaban, era habitual verlos en casa. Hasta que un día una gran “fogata” al fondo del camino, en el “fango”, como lo llamaban, el gran Acheral ardía a lo lejos; todo era llamas, flamas rojas, humo negro se elevaba, parecían mensajes para que alguien los mirara. Ardía, ardía hasta horas de la madrugada; el viento traía olor a humo y a hierba quemada.
Así las semanas pasaban; sábados mis padres trabajaban, domingo de por medio en un carro militar alguien llegaba, la parrilla humeaba, el horno, las empanadas.
Siempre dos jóvenes soldados lo acompañaban; solo recuerdo su nombre, el Sgto. Orellana. ¡Qué alegría! Nos regalaba paletas, con golosinas siempre llegaba; eran dulces que pocas veces en mi casa compraban. El almuerzo era ameno, mi padre se alegraba; de sobremesa el sonido de una guitarra, sus cuerdas eran punteadas y suavemente la abrazaba el Sgto. Orellana, comenzaba a cantar mientras mi padre escuchaba.
Esa canción no se me olvida y por tiempos la tarareaba: “Disculpe si no entiende lo que canto, tal vez hablamos lenguas diferentes. Usted reniega siempre de estos pagos y yo quiero y admiro a esta gente. Disculpe si lo digo a mi manera, usted siembra rencor y yo esperanza. Disculpe… Disculpe si no lo entiendo. Yo soy como el hornero y me renuevo, mi patria es mi nido y la defiendo; en cambio ustedes son como los tordos que quieren empollar en nido
ajeno”.
Disculpe si no me entiende.
Disculpe si no lo entiendo.
Y así me encontró la tarde, sentada en la mecedora de mimbre de mi abuela, tarareando y queriendo entender, con un casco verde entre mis manos (el que fue encontrado por no sé quién en una trinchera junto a otros, en una zona rural al pie del cerro tucumano, mientras excavaban para construir una casa).

 

Silvia Flores

Datos biográficos de la autora*

Silvia Flores nació el 19 de septiembre de 1966 en Balderrama (Simoca – Tucumán).
Realizó los estudios primarios en la Escuela 269, de Balderrama.
Cursó estudios secundarios en la Escuela Superior Manuel Belgrano, de Simoca.
Realizó estudios terciarios en el Instituto Privado Padre Manuel Ballesteros, de Lules.
Se desempeñó como docente durante 23 años en escuelas públicas, privadas, rurales y de frontera.
Participó activamente en foros, congresos, postítulos y diplomaturas en educación.
Enfocada y entregada a proyectos, liderando, desarrollando y coordinando.
Paralelamente a la docencia, se desempeñó en las fuerzas del orden (Policía de Tucumán), con el cargo de Sgto. 1°.

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