Ciclo Malvinas por Siempre: el escritor tucumano Federico Soler

Letras de Fuego / Ciclo Malvinas por Siempre / Por Federico Soler*. El escritor tucumano es el primero en participar de este nuevo ciclo de Diario Cuarto Poder, que busca homenajear a los héroes argentinos, los que volvieron y los que quedaron para siempre en las islas.

Fantasmas de las islas

“Mirar a las islas con mis propios ojos
ha sido como mirar a la Medusa:
las Malvinas que me habían enseñado
a querer, se han convertido en piedra”.
Ernesto Picco

Mi padre estuvo en Malvinas antes del desembarco. Eso lo sé hoy, cuarenta años después. En ese momento, a mis seis, no sabía ni que se iría por tanto tiempo ni de la palabra desembarco. Se fue en una operación secreta, dos meses antes, con el fin de registrar los lugares más accesibles de ingreso a las islas, sin alertar a las tropas británicas. Papá no solo era instructor de paracaidistas sino un experimentado en la exploración del terreno, un topógrafo decía, cuando me relataba sus peripecias. Yo, a esa edad, me lo imaginaba con un traje de topo, explorando con visión rayos x como la de Superman, para descubrir lo que quisiese a la distancia o a través de los objetos. Cuando lo recuerdo me parece extraño. En Catamarca todo es extraño. En aquel tiempo, teníamos el lujo de contar con paracaidistas y especialistas en topografía. De niño me pareció lo más natural, pues contamos con montañas altísimas que, como nos repetía el padre Bernardo cuando nos visitaba, llegan hasta los pies de Dios.
No recuerdo cuanto tiempo estuvo papá demorado en ese viaje, que después supe, no tenía nada de placentero. Pero me pareció bastante largo. Sentí su ausencia. Porque, aunque Mamá se encargaba de que estuviera ocupado, no me hacía jugar con la misma dedicación, ni me armaba chozas en el fondo. Ella mantuvo siempre una presencia distante.
Cuando retornó papá, me encontraba jugando en la galería del frente de casa. Apareció con su boina roja, vestido de remera azul y pantalón negro, con un bolso verde gigante colgado de uno de sus hombros. La luminosidad del mediodía desbordaba su silueta corpulenta. Me acerqué corriendo, abrió sus brazos y me alzó. Me tuvo así largo rato, creo que fue el momento más feliz de mi vida. Luego me bajó, me sonrió y me dijo:
– Campeón, te traje tu medalla.
Sacó del bolsillo del pantalón una cadena dorada que tenía un delfín, del mismo color y me la colgó del cuello. Todavía la conservo.
El papá que regresó no fue el mismo. Su sonrisa había quedado en las islas o en la guerra. En las comidas vivía distraído. Se cansaba rápido y había dejado de contarme historias. Tenía que insistirle mucho para que hiciese una choza. Mientras me la preparaba le preguntaba de la guerra. Él decía, que la guerra y las islas, no son lo mismo. Malvinas, me contaba, es un lugar frío y ventoso. Te hace rudo con solo respirar su aire. Su mar helado es de un azul profundo. Lo que conocía de la guerra lo había traído mirando los rostros de los que habían regresado. No me aclaró como eran esos rostros, pero ahora que no soy un niño y sé lo que es una guerra, me los puedo imaginar.
No solo papá no volvió a ser el mismo. Mamá tampoco y por supuesto, yo cambié. A papá lo mató la guerra, dice mamá, no pudo tolerar que lo hayan abandonado. No el ejército, que realizaba reconocimientos anuales y les otorgaban ciertos privilegios. La gente, decía, nos había olvidado, como si fuese la infructuosa final de un partido de futbol. Ellos volvieron a sus cosas, alejados de Malvinas, pero nosotros no pudimos volver de las islas. No tienen ni idea de lo que fue esa Guerra, repetía, enojado. Casi le ganamos a los gringos. Nos faltó armamento, eso sí, pero no coraje ni estrategias. Después se enojó más, cuando en el mundial que alzamos la copa, la gente vitoreaba a un jugador por ganarles a los ingleses, pero nadie vitoreaba a los que dejaron su vida en las islas.
Papá se murió siete años después. Como un barco hundido en el mar, que se lleva con el sus tesoros y secretos, así se fue. Se acostó una noche y no se logró despertar. Para mí fue muy difícil su partida. Mamá quedó con los ojos detenidos en él. Ella continuó su vida como si aún existiese. No porque negara su muerte, sino porque hablaba todos los días de él. Mamá se tornó más distante aún.
Papá se fue casi al mismo tiempo que empezaba el secundario. Me volví más solitario encontrando cierto refugio en la lectura. Y empecé a descubrir aspectos de mi intimidad que desconocía. Por esa misma fecha, la televisión y los periódicos, recordaban a los caídos con imágenes en sepia. Un montón de compatriotas maltrechos, alejados de sus familias. En esas Malvinas no había habitantes, solo soldados, como si fuese un territorio inhóspito. En cambio, para mí Malvinas, era la foto a color de papá en una de las islas, con su mirada chispeante de vida, sosteniendo su prismático en la mano, refugiado en una campera verde, con su gorra negra, mirando a quien tomaba esa foto, como otra de las incógnitas que dejó inconclusas. Sin embargo, era lo único que me anclaba a ese instante lejano que no iba a lograr conquistar. Un paraíso perdido, que no volvería a suceder. Tan perdido como mi niñez.
Cuando cumplí los veinte me fui a estudiar a Tucumán. Una forma de huir de mamá que se había vuelto insoportable. Anduve rondando por varias carreras sin lograr encontrar alguna que me convenciera. Es que leer tantos libros no hace bien. Continuaba pendiente de papá, como una estrella luminosa que insistía en aparecer. No era un recuerdo perturbador, pero no me dejaba avanzar. La noche tucumana me permitía vivir sin tener que darle explicaciones a nadie y descubrir mis primeros encuentros íntimos. Papá continuaba siendo un arrullo lejano que seguía, como el canto de las sirenas, cautivándome.
Cuando enfermó mamá, tuve que regresar a mi cotidianidad pueblerina. Volver significó aceptar una derrota y toda derrota acarrea su frustración. Aquí no podía mostrarme con la misma espontaneidad que en Tucumán. Era riesgoso, en esta provincia todo se termina sabiendo. A mamá no le entusiasmó mi retorno. Supongo intuía mi elección. Rápido me hizo recordar lo insoportable que era. No faltaba oportunidad para compararme con papá, quedando en un lugar desfavorable, a veces humillante. La más hiriente fue:
– A tu edad tu papá, ya tenía mujer e hijo y estaba haciendo una casa En cambio vos, ni una novia me trajiste, si quiera.
Entre otras cosas sin trascendencia, porque Catamarca no da para mucho más, me enganché con un programa de radio que conducía Inés Ogas, Historias inconclusas. La escucha de esas vivencias truncas trajo a mi orilla los pendientes de mi propia existencia.
En uno de los programas, apareció Carlos, un ex-combatiente de Valle Viejo, quien manifestó que no resolvería su historia si no regresaba a Malvinas. Contó que necesitaba volver a las islas para enterrar recuerdos y orar por sus compañeros caídos. Mi papá insistía con aparecer.
En busca de alguna pista sobre las incógnitas que él había dejado, fui a visitar al padre Bernardo, un lourdista pragmático. Vino de joven desde los pirineos, enviado por su congregación religiosa y se terminó quedando en Catamarca. De su pasado francés, no le queda más que sus ojos celestes y su añoranza por el paté de foie y el Armagnac. A Bernardo no lo veía hace años, tantos como los de la partida de papá. Me dijeron que vivía entre El Rodeo y La Puerta. Así fue como lo encontré en la casa parroquial del Rodeo, recolectando membrillos para hacer dulce. Cuando me vio esbozó una sonrisa y me dedicó un efusivo abrazo. Me invitó a que nos sentáramos a charlar mientras compartíamos un vino blanco bien fresco. Bernardo refería anécdotas diversas con papá. Me contó, para mi sorpresa, que cuando se fue a Malvinas le regaló una opinel, que tenía su nombre tallado, para que la llevase al combate.
— ¿Una opinel? lo interrogué.
— Una navaja pibe, como esta. Lo mejor de Francia.
Y me enseñó el cabo de madera que escondía su filo, el cual también tenía tallado su nombre. Cuando la tuve en mi mano la aferré con fuerza.
Visitar a Bernardo se convirtió en una actividad semanal que disfrutaba. En parte para hacerle compañía. Pero, para ser sincero, lo hacía más por mí. Encontraba refugio en él, que como papá, sabía lo que quería y vivía sin importarle el qué dirán. Y sobretodo, no me juzgaba. En uno de esos encuentros, Bernardo que estaba medio picado, me contó de una noche que se quedaron aislados en el Manchao. Estaba muy frío y se pusieron a tomar agua ardiente. Hasta que papá le pidió que lo confesase. El creyó que estaba bromeando. Pero lo miró, notó lágrimas en sus ojos y accedió.
Papá le reveló que, una de las noches que pasó en las islas, tuvo un encuentro fortuito. El frío lo había sorprendido en un lugar escarpado. Estaba helado, apenas había logrado refugiarse en una abertura rocosa. Como no lograba hacer fuego, se puso a rezar para no dormirse. Estaba en esa lucha con el sueño cuando sintió unas pisadas. Endurecido por el frío, temiendo que apareciese algún animal, sin otra posibilidad, atinó a aferrarse a un tronco, que tenía a mano. Fueron unos segundos eternos. Hasta que se le apareció una joven envuelta en una manta marrón. Cuando la tuvo cerca pudo advertir que era rubia de unos ojos claros color miel. Le dio de beber algo fuerte que lo animó y se lo llevó para su casa. En ese lugar lo atendieron con amabilidad. Todavía los lugareños no sabían nada del desembarco y menos de la guerra. Por su indumentaria, era difícil intuyeran que tu papá podría ser un riesgo para su armoniosa vida.
Al entrar en la casa lo sentaron frente al fuego y le dieron un caldo potente que lo terminó de calentar. Luego le convidaron pastel. Su salvadora lo miraba con simpatía. Les contó a los campesinos que era un montañista chileno que estaba paseando y se perdió. Porque si advertían sus verdaderas intenciones, la guerra habría concluido ese mismo día y el destino de tu padre hubiese sido otro, menos honorífico. La rubia, que se llamaba Mary, tenía alrededor de veinte años, era hija del matrimonio de isleños que lo alojaban. Además el matrimonio tenía dos púberes varones, más chicos que ella. Mary era la encargada de custodiar el rebaño de ovejas. Fue buscando una oveja perdida que se encontró con tu padre. Cuando terminó de comer le dieron ropa limpia y seca y lo dejaron descansar fuera de la casa, en una especie de establo, que tenían a la par, donde protegían a los animales. Durmió hasta el otro día. El matrimonio continuaba mirándolo con desconfianza. Pero para los demás, su visita tenía un grado de curiosidad más inocente. Tu papá sabía que debía irse cuanto antes, pero hacerlo de forma repentina podría levantar sospechas. Así que prefirió quedarse un día más y ayudó con algunos quehaceres domésticos. Esa noche fue fatídica, lo visitó satanás. Cuando dijo esto, Bernardo detuvo el relato, me miró y se sonrió. La dulce razón que atormentaba a tu padre desde que volvió de las islas. Cuando estaban todos dormidos y tú papá en el establo, se le apareció Mary, alumbrada con una lámpara. Se metió en su lecho pajizo y durmieron juntos. Pero antes de dormir, como dice la biblia, se conocieron. Tu papá contó, que Mary era preciosa, que no había sentido una piel más suave y unos besos más tiernos. Mary, le confesó luego de conocerse, que era la primera vez que lo hacía. No sé si tu papá se enamoró. No era de ese tipo de hombres. Pero que quedó conmocionado, no hay dudas. Le entregó en ese momento la opinel y le dijo que se llamaba Bernardo. Ella le cedió una cadena dorada que tenía un delfín. Después de este encuentro, tu padre advirtió que no era conveniente quedarse más tiempo. Al otro día, cuando se levantó al alba, Mary ya no estaba. Se aseo, alzó sus pertenencias, agradeció al matrimonio por su hospitalidad y desapareció.
Esa inusual e inesperada experiencia partió en dos a tu padre. Un conflicto se le desató en su interior mientras ocurría la guerra. Temía que Mary y su familia padecieran los estragos de algún bombardeo. Pero también tenía culpa y miedo por tu mamá, que si se enteraba de lo de Mary, no la pasaría nada bien. Hasta llegó a dudar si la había conocido realmente o había sido fruto de su imaginación. Pero esa opinel no está y a la cadena te la dio a vos.
Cuando finalizó su relato nos quedamos en silencio. Quedé impactado. A tal punto que no volví a visitarlo por un tiempo. Este nuevo descubrimiento sobre papá me hizo caer en la cuenta que continuaba acarreando una historia ajena de heridas sin cicatrizar.
Para mí, papá seguía siendo ese héroe silencioso, que con sus prismáticos intentaba advertir sucesos lejanos. Logré por fin entender, lo que él decía, sobre que una cosa es la guerra y otra Malvinas. Porque lo que Carlos, el excombatiente, añoraba era un territorio pelado, sin habitantes, plagado de fantasmas y Malvinas, no era solo eso, sino también sus isleños con sus sueños y que nada querían saber de sus invasores.
Fantaseé con la posibilidad de conocer las islas, de buscar a Mary, como una forma de concluir la historia de papá, que era también la mía. Pero, habiendo leído la experiencia de otros argentinos que habían regresado de Malvinas un tanto decepcionados, se me fue diluyendo esa idea.
Esto meditaba frente a la tumba de papá, en La Puerta, apretando en mi puño la cadena y el delfín. Quizás por eso papá se quedó en las islas, porque no se vuelve, de donde nunca se ha ido. Es posible que en las islas, Mary todavía esté esperando que mi padre, un fantasma llamado Bernardo, regresase a buscarla.
Por mi parte, no quiero seguir arrastrando mi vida entre sombras, de incognito. A los que permanecemos lejos de las islas, nos queda tan solo, evitar sucumbir a su olvido.

Federico Soler

Datos biográficos del autor*

Federico Soler nació en San Miguel de Tucumán (1976). Psicoanalista distópico y escritor. Recibió premios y distinciones por sus poemas y cuentos publicados en antologías de nuestra provincia y Buenos Aires.

Publicó los libros “Cuerpo liminal” (El Ingenio Edita. Tucumán, 2017) de poesía; “Las chulipas” (Lago Editora. Córdoba, 2020), de relatos; y  su último libro “Fábrica de animales” por editorial Aconquija (Tucumán, 2024), de poesía.

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