Letras de Fuego / Ciclo Malvinas por Siempre / Por Daniel Posse*. Compartimos el aporte, tanto poético como narrativo, de este gran escritor tucumano radicado en Buenos Aires. Le agradecemos este gesto de sumarse al merecido homenaje a nuestros héroes.
Recuerdo
Las voces se hacen eco.
La patria nos duele, y duele el destierro.
El alma de la tierra deja los huesos
a cielo abierto.
No alcanza la piel, la carne, para hablar
de nuestros muertos.
La sangre proclama el grito,
en esas islas, que habitan el sur
y también los ojos, para mirarnos
desde adentro.
La memoria sigue viva,
al paso de nuestros hombres,
de nuestros nombres a pleno.
Esas playas y ese mar,
de arena y piedra;
sales de hierro
de espuma estentórea
que puebla ese mar
que también es nuestro.
La Patria no olvida,
cómo hacerlo si es parte
de su cuerpo.
Las voces todavía murmuran
en el esfuerzo del viento.
Las islas también son parte
y por ahora son corazón abierto.
Daniel Posse
David y David
El soldado cargó la bayoneta, cerró los ojos y de un salto descendió a la playa. El agua golpeó sus pómulos y labios, estremeciendo la piel con la sal y el frío; el cielo desgarró su cuerpo de plomo en un relámpago.
Corrió en zigzag, agazapado entre las piedras. Las pisadas se grabaron en la arena húmeda y tintes plata. Buscó con los ojos a sus compañeros y los vio fundirse en el verde musgo que estampaba tierra adentro.
Encontró un hoyo donde sumergió casi todo el cuerpo, la trinchera estaba llena de barro maloliente. Allí quieto por un instante, tembló de frio y de miedo; a este último lo sintió cabalgar por la espina dorsal como una serpiente.
La adrenalina brotó y se expandió por los poros inundando cada centímetro de piel, engullendo los deseos traídos de su casa.
El tronar de las baterías era un estampido donde la mañana encallaba, y el odio se derramaba entre el cielo y la tierra.
El áspero rumor del viento se cortó con el silbar de las balas. Se incorporó y volvió a correr entre las lomas; al pasar la última encontró al otro soldado, y sin darle tiempo a reaccionar, clavó la bayoneta tres veces en el pecho del enemigo. Este último cayó sobre el musgo roído por la lucha, al hacerlo se desprendió del pecho una medalla.
David la tomó con la mano, la acercó hasta su rostro y leyó en voz alta:
—David, primero de septiembre de mil novecientos sesenta y seis.
Daniel Posse
*Del Libro De Sueños y Azar- Sección Crónicas Cíclicas- 2004 Editorial Nuestra América

