Letras de Fuego / Colaboración / Por Rodolfo Quiroga*. Compartimos el ensayo “Héctor Tizón: Yala, el mito y el Nobel”, que Rodolfo Quiroga presentó recientemente en la 22ª Feria del Libro de Jujuy, como parte de las actividades del Grupo Cultural “Ahora o nunca Jujuy”.
Existen grandes escritores que uno busca, también aquellos que los docentes de literatura nos enseñan –con irregular éxito-. Existen otros, que uno encuentra en los paseos erráticos por librerías comerciales, donde nos dejamos llevar por sensaciones de papel nuevo, por promesas entre estantes, y por la efímera satisfacción de comprar y poseer un best seller intacto. Pero nada de esto ocurre con Héctor Tizón. No se encuentra en esos lugares.
Él fue a mi encuentro, primero, con toda la energía de su mundo literario. El mismo universo que empecé a recorrer al robar una novela del estante de libros prohibidos de mamá: “Sota de Bastos, Caballo de Espadas”. Corría la última época militar, Tizón era un escritor exilado, censurado; era una novela escrita en los ’70, no apta para un imberbe de once, doce años.
Éste fue el argumento definitivo para que emprendiera su lectura a escondidas, de un tirón. Leí lo que no suponía encontrar: la animalidad de una guerra, la fragilidad de abandonar el hogar y las cosechas quemadas, también la intensidad de los cuerpos en toda su violencia y sexualidad, con un castellano crudo, épico. Fue la primera vez que comprendí el drama del Éxodo Jujeño, fuera del relato heroico y un tanto ingenuo que se usaba en la escolaridad. Tuve que releer “Sota de Bastos…” con menos morbo y más curiosidad.
Pero Tizón insistió, llegó también a acompañarme en el miedo a perder todo en pandemia. Maldecía el régimen de encontrar un café abierto a menos de quinientos pasos, la prohibición de abrazar a mi abuela y a mi madre. Había perdido la esperanza de regresar para verlas. Cometí el error de leer “La Peste” de Camus, la alienación de la libertad me subvertía, los protocolos florecían como distopías imbéciles.
Entonces fue Héctor Tizón quien volvió a encender en mí la esperanza del regreso, con aquel primer cuento titulado “Ligero y tibio como un sueño”. Publicado lejos, en México, en 1960. Nadie es capaz de expresar esa esperanza como él:
“Sólo cuando estamos de regreso descubrimos y comprendemos la importancia de todo aquello que habíamos ignorado hasta entonces; la tenue luz del sol sobre el tejado, la hierba que crece a nuestro pie, el monótono cantar de un gallo en la siesta abandonada…”
“Todo era allí como un recuerdo (…). Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz…”
Así descubrí uno de los elementos esenciales del universo tizoniano, con todo el filo de sus aristas: aquel del Éxodo, de la angustiosa permanencia en el exilio y de la nostalgia, de la felicidad del regreso. Porque como Proust y Borges, Tizón tiene esa cualidad de crear profundidades existenciales, misterios y climas reconfortantes o crudos, trágicos, invitadores a recorrer su mundo literario.
Yala, “A un costado de los rieles”
¿Quién es Héctor Nicolás Tizón? Su nombre evoca héroes homéricos, antiguos mitos troyanos y santos. Su padre fue Viriato Tizón, jefe de la estación de ferrocarril de Yala, poseedor de una biblioteca de clásicos, nombrado como aquel líder militar hispano que se resistió al Imperio Romano. El tren, los rieles, los libros fueron la conexión del niño al mundo amplio, el traquetear puntual de pasajeros, ida y vuelta desde los valles templados hasta la Puna y Quebrada, y el diario, las revistas de suscripción que recibía cada mañana, todas órbitas de abordaje a lo que sería el universo de Héctor Tizón
Tizón no es un simple “escritor de la tierra”, aunque dijo:
“¿Quién escribiría la historia de esta tierra, la verdadera historia, la de su oscuridad y su derrota?”
Fue más bien, un “escritor del tiempo y la distancia”. Tampoco fue un escritor a tiempo completo: primero estudiante combativo varias veces apresado en La Plata en la década del 50, manifestándose contra la censura de los medios; después abogado, diplomático y al retorno de la democracia, convencional constituyente y juez del Superior Tribunal de Jujuy, desde donde ejerció su firme y misericordiosa visión de justicia.
Pero para conocer a Tizón como escritor cabalmente, hay que conocer Yala, que en aimara quiere decir “región montana” o “comarca”. Una antigua villa, cercana a Jujuy capital, flanqueada por el río Grande o sagrado de Humahuaca y el cristalino río Yala. Multitud de acequias atraviesan las quintas y seis lagunas coronan el pago, en lo alto, en el parque Potrero de Yala. Tres de esos espejos, vedados para la pesca y la caza, aparecen y desaparecen, entre la seca y las brumas; el mito dice que sirenas comehombres las habitan. Cuentan también que, al fundarse Jujuy en 1593, existía ya la encomienda de los naturales yaleños y el fundador, para su comodidad, encontró allí “casa, lagar y chácaras”, lo que le garantizaba el vino y el pan de trigo. Yala es un nudo gordiano, el último beso verde de las yungas antes de entrar en la quebrada, tierra de frontera y de confluencia, pisoteada por batallas de la Guerra Gaucha.
Me gusta pensar que mientras jugaba en esa villa veraniega, empachado de moras y con la infancia agrandada por primos, tíos y abuelos, Tizón se expandía desde ese mismo pliegue vital con las que serían sus obras maestras. Se escucha en ellas su voz evocadora, feliz, lírica, sin tintes de ripio o cargado lirismo. Con sus novelas “Extraño y pálido fulgor”– una historia de amor y engaño por correspondencia- y con “La casa y el viento”, logró que me conmoviera.
Yala fue la patria chica donde Tizón quiso nacer, fue su refugio después del penoso exilio, fue el hogar y la felicidad recuperada con su compañera, la lingüista Flora Guzmán que siempre lo acompañaba.
Yala fue el destino y fin de lo que él llamaba su “vagabundaje profesional”, no había que dramatizar todo. Allí existe su tumba anónima, sin letras y sin lápida.
Una tarde del último verano, recorrí aquel pequeño cementerio del pueblo preguntando, buscándola. Pero el escritor, desaparecido en el 2012, se empeñó en evitar otro encuentro.
¿Quién es Héctor Tizón? Él mismo responde, fuera de su biografía en wikipedia– “Soy cada uno de los personajes que voy escribiendo”.
El mito en Tizón. Ítaca.
Así fue como el destino convirtió a Yala en una nueva Ítaca, desde la que Héctor Tizón y su familia partían, a la que volvían, en viajes infinitos por trenes, atravesando trópicos y océanos. Intuyo que Tizón desecharía por exagerada la metáfora, pero la realidad vital lo llevó a ser un Odiseo, y otras veces, el Homero. Así encontramos la fuerza gravitante de su universo literario: el Mito.
Tizón bebió de los mitos de la tierra y los escuchó de boca de sus niñeras criollas, originarias. Ellas lo protegían, aunque también lo asustaban en las tormentas veraniegas tan frecuentes en la selva jujeña, lo participaban desde guagüita de sus ceremonias y relatos de la quebrada y la altipampa. Se expresaban en un idioma que lo dejó “perplejo”: no era el mismo castellano de la biblioteca de su padre Viriato, estaba salpicado por términos locales y al mismo tiempo, sólo encontró su pureza en pueblos recorridos durante su exilio ibérico.
Los Mitos lo sumergieron en el territorio más antiguo: el de la tradición oral. Mitos sin tiempo que reverberan hasta conquistar la propia existencia, y que Tizón supo reflejar en sus cuentos y novelas. Entretejió éstos con la mitología clásica, los situó en Yala y en la Puna jujeña, en un tiempo innominado. Dio vida a sus personajes: gente sencilla con cualidades heroicas en el combate, frágiles en el amor y flexibles en la resistencia. Hasta llegó a ubicar a un Edipo que fabulaba entre las piedras del río Yala, un amante quizás de alguna de sus niñeras.
El Mito es lo que hace a Héctor Tizón universal, la marca de identidad que lo destaca entre otros autores argentinos. A diferencia de aquella literatura rioplatense que busca el éxito editorial, de la que apunta su proa a lo urbano y lo europeo, sus obras se enraizan a nuestra tierra e historia. Se preguntó:
“Si los griegos tuvieron sus novelas épicas, si la creación literaria occidental se
edifica sobre la batalla de Salamina, la invasión de Troya, ¿nosotros no tuvimos
nuestra batalla de Quera?”
Quera fue una histórica batalla en 1875 en la que nativos jujeños y criollos campesinos de la Puna, se rebelaron contra los terratenientes y anteriores encomenderos, los herederos del marqués de Yavi, reclamando su tierra. Yo me pregunto:
“¿No tuvimos diez invasiones realistas? ¿No tuvimos, acaso, traiciones, triunfos, éxodos, y más de un centenar de combates en la guerra de la Independencia? ¿No tuvimos marqueses, dragones, generales, gauchos y sirenas hechiceras?”
“¿Qué otra cosa es el mito? ¿El mito no es acaso una opinión improbable que va
en auxilio de la razón, cuando ésta no alcanza? Esto es lo que Platón decía del
alma. Cuando la historia no puede (no se anima) a localizar ni datar, acude en
su ayuda el mito”
(H. Tizón, Tierras de frontera)


