Deportes / Actualidad / Comentarios / Por Rubén “Gringo” Suárez*. Comparto una nueva anécdota de los tiempos dorados del motociclismo tucumano, un deporte que nos ha dado muchas satisfacciones y en el presente está casi olvidado.
“Un campeón nunca debe regresar”. Esa frase es una de las más pronunciadas en todos lados. Pero siempre hay una candela encendida en algún rincón del alma.
Era el año 93, ya casi con 18 años retirado de las competencias, llegó a La Gaceta, el “Kutungo” Giobellina, figura emblemática del motociclismo tucumano. Le hicieron una entrevista en la Sección Deportes y me tocó sacarle las fotos.
El “Kutungo” respondía con gran énfasis todas las preguntas. Me quedé, pedí permiso y metí la cuchara porque “Pepe” Elsinger, Jefe de Deportes, me dejó hacerles unas preguntas técnicas.
Al día siguiente, en el Hotel Metropol y con todos los directivos de Zanella Argentina, se iba a presentar la nueva RZA 125cc. 5 marchas, refrigerada a agua y frenos delanteros a disco, tecnología de punta en esa fecha.
Para felicidad nuestra era el lanzamiento en Tucumán, con más de 40 motos iguales de representantes de todo el País. En ese momento todas eran iguales. Por supuesto pedí hacer esa cobertura y exhibían una moto en el Salón sobre una mesa, con el número 49.

Cuando terminó la presentación, después de saludar a algunas de las autoridades de la fábrica, como el dueño Raimundo Zanella (h), el Ceo de Zanella, José Maggiani, el Viajante de la marca, que era el hijo del Viajante Burgos, que yo había conocido cuando corría.
Me quedé a chalar y me gustó la idea de medirme con las nuevas promesas del motociclismo. A motos iguales, la verdad que no le tenía miedo a nadie. Además, cuando corría, decía que le daba a cualquiera 20 km más. Claro que tenía 23 años.
Pero sentía que estaba en forma todavía. No había pisado el Autódromo Nasif Estéfano desde que dejé de correr. El “Kutungo” me dijo que le habían dado una moto promocional a cada concesionario de todo el país con un precio de costo.
Me agradó la idea, eran aproximados 3.500 dólares y la posibilidad de poder probarme. Le pregunté a Giobellina si él también tenía una moto y quién correría. Me dijo que esa moto era de su concesionario.
La miré. Ella me miró. La acaricié y no se molestó. Entonces le dije que podría ser el candidato y me dijo que bueno que la retirara al otro día en el concesionario. Era un miércoles y la carrera sería el Domingo.
Salí y me fui casi corriendo a la Caja Popular de Ahorros, hablé con algunos Directivos para pedir una publicidad y me autorizaron.
Fui a hablar con Oscar Mocoroa, de Prensa, y me dijo que me autorizaban 400 dólares. Me alcanzaría para combustible, transmisión y bujías. Bajé y me fui hasta Salvic a visitar a Don Víctor Kohen para ver qué usaría de calzado.
Me mostro unas botitas de boxeador Adidas de cuero. Muy lindas y sensibles, la planta era muy finita, no eran para caminar. Me fui hasta Marcantonio a comprar unas plantillas de cuero y pegamento para dejarlas más firmes.
Pregunté por Hugo, a quien le había hecho unas fotografías días antes para el Diario como criador de perros Doberman. Le pregunté si me podría prestar el traje de cuero. Para sorpresa mía me dijo generosamente que sí.
Me trajo un Dainesen impecable, nuevo, color amarillo y blanco, con el riesgo de que le pudiera devolver todo roto. Me dije que no hay peor trámite el que no se lo hace. Ya tenía casi todo resuelto.
Me faltaba el lubricante. Fui a verlo a César Fioretti, representante de Agit, para que me asesorara sobre qué podía usar para no romper el motor. Me recomendó un aceite sintético 2T para la mezcla y un aceite muy liviano para la caja.
Me lo regaló. Habrá visto mi cara de locura como la de un chico que va a pedir dulces. Hasta allí estaba con un pie arriba. Ya tenía un casco HMS de Honda, que lo usaba con mi Kawasaki 550cc., una de las mejores motos que tuve. Doblaba como una 125, aceleraba como una 750 y frenaba como una 1.000cc.
Pedí permiso en el diario para que me dieran cuatro días compensatorios hasta el lunes, el día siguiente de la carrera. El jueves a primera hora fui a retirar la moto para asentarla en el autódromo.
Preparé la mezcla y solamente lo tenía a mi lado a Franco, mi hijo de 18 años, pegado a la par mía. Fue lo que me emocionó y más fuerza me dio. Para él, yo era su héroe.
No había nadie en el Autódromo. Anduve unas 20 vueltas y unas cuantas más mi hijo. Casi al mediodía se paró la moto, la revisé y no tenía chispa. La llevé al concesionario. Cuando la revisaron se había quemado el encendido electrónico.
“Kutungo” me dijo que la deje, la llevaría a su compadre el “Payo” Bastian. Me la dieron recién el sábado a la mañana. La terminé de ablandar y empecé a tirar tiempos.
La verdad, me parecía muy lenta y que yo no estaba en forma. Me arrimé a algunos de los pocos conocidos, ya que hacía mucho que no frecuentaba el lugar y todos eran nuevos.
Conocía a “Tin” Noguera, que hacía una moto de “Lalo” Solís, que la corría Luis Juárez; Juancito Lara, Miguel Quintana, quien era el Jefe de mecánico del concesionario de Carlos Silva, Top Motos, Miguel era su piloto.
Me sentía huérfano, solo y abandonado tratando de sacar unos pocos datos. Lo tenía loco a “Tin” Noguera, para que me dé algún consejo de lo que le había hecho a su moto.
A pesar de que tenía responsabilidad con “Lalo”, quien me pidió bien que no lo moleste porque él había puesto mucha plata para tener un representante.
Ante este panorama desalentador, traté de no bajar los brazos y fui con Miguel para ver cómo eran sus tiempos y con tanta incertidumbre le pedí a Mazzucco, piloto en actividad, que dé un par de vueltas en la moto para ver cómo daban los tiempos.
La verdad es que no bajó los míos. Eso ya me tranquilizó bastante. A la tarde fue la clasificación con casi 50 motos y todos los pilotos, casi pibes a la par mía. La verdad es que lo que yo decía de los 20 km. más ya no existía.
Ya no le regalaba ni un cm. a nadie. El tiempo pasa e inexorablemente te muestra la cruel realidad. Como dice Simpson: “mi vieja mula ya no es lo que era”.
Comenzó la clasificación y estaba en la conversación dentro de los cincos primeros. Creo que el lubricante me ayudaba y mucho. Además, le había hecho un baño de Molikote al motor y eso te da 3 o 4 Km. Más, aparte de poner un chicler más grande de acuerdo como salía la bujía.


No estaba conforme y me jugué poniendo un diente menos de corona. Las motos que estaban adelante me sacaban unos 60 mts. en la recta. Si podía acortar esa diferencia estaría dentro de los primeros, ya que la carrera termina al salir de los mixtos.
Con todo el trajín y la presión estaba muy agotado. Fue cuando lo vi a Santiago Juárez y le pedí si podía cambiarme la corona y el piñón para trasmisionar bien, ya que la relación que tenía que llevar necesitaba solo un diente menos de corona.
Sólo tenía que doblar un poco más fuerte para salir con más velocidad para llevar esa trasmisión. La cambió. Yo había hecho los números bien. Cargué la moto y me fui.
Al otro día preparé todo y fui a la línea de largada. En la vuelta previa, cuando llegue al curvón grande, la moto no doblaba. En realidad, cuando doblé en el otro curvón, tampoco no sabía que pasaba, doblé y retomé a la izquierda y la moto doblaba bien.
Nos paramos en la línea y se largó. Creía que la cosa mejoraría y que solo era una sensación mía. Me empecé a retrasar y salí en el puesto 23. Cuando llegué a los boxes fui a revisar y la cubierta trasera estaba toda comida por el tornillo del trapecio de la suspensión la rueda estaba cruzada.

Quiero pensar que fue un error y no un sabotaje de Santiago, ya que su Hermano Luis también corría. Cuando me pasó la bronca, tuve que bancarme el reclamo de Carlos Silva, Juan Lara, Miguel Quintana, “Tin” Noguera, y hasta “Lalo” Solís, quienes me dijeron ¿Para qué la tocaste?
La semana siguiente me llegué al concesionario. No estaba el “Kutungo”. Me atendió su Esposa Gloria, claro que era una empresaria fría (No era del palo). Me dijo: “son 5.000 dólares al público”. Salía 6.000. No tenía el dinero y entonces decidí vender la Kawa.
Tenía 16.000 millas y se la vendí a un amigo que me atormentaba para que se la venda. Después de pelear por 6.000, la vendí por 5.000, con los que cancelé la RZA. Hice el peor negocio de mi vida, todo por una calentura.
No Renegué y me dije: “será la próxima”. El remate de muerte fue que al mes siguiente Fernando fue a hacer unos impresos a Loza y este salió y le dijo: “esa moto es mía”. Le respondió: “No la vendo”.
Le retrucó: “¿Cuánto querés?” Y para no venderla le dijo: “10.000”. Al final se la compró y me mató.
*Jefe de Fotografía de Diario Cuarto Poder. Reportero gráfico. Ex corredor de motociclismo. Según sus propias palabras, un “neófito” del periodismo escrito.


