Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria: el escritor Ricardo Rivas

Letras de Fuego / Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria / Por Ricardo Rivas*. Compartimos el cuento de este escritor y periodista cultural que se suma a este ciclo que tiene por objetivo mantener viva la memoria colectiva de los argentinos.

La pequeña frontera

Mi madre me levantó con un tierno beso en la mejilla y un susurro al oído: —arriba Lorenzo, ya es hora de empezar la escuela.
Mariela, mi hermana menor y yo nos preparamos y fuimos a la cocina a desayunar. Sobre la humilde mesa, cubierta con un mantel tejido por la abuela “Negrita” nos esperaba un jarro grande de mate cocido y una gran rodaja de pan cacho con mermelada casera.
Mi padre ya había salido temprano al ingenio a trabajar, era tiempo de zafra y se comenzaba al alba hasta caer la tarde. Mamá se hacía un tiempo todos los días de las tareas del hogar, de la lavada de ropa para algunos vecinos, para llevarle la comida.
Blancos como una paloma, salimos rumbo a la escuela, ese día comenzaban las clases, de camino buscamos a Camilo, mi gran amigo de aventuras y travesuras y continuamos la marcha, eran casi 4 kilómetros así que teníamos tiempo de hablar de mil pavadas.
Mi gran amigo era un poco duro para los números, así que de vuelta a casa venía con nosotros a hacer la tarea, y de paso a morfar algo, en su casa las carencias eran cosa cotidiana, su papá también era empleado del ingenio pero había fallecido en un accidente con el trapiche y el capataz le había dicho a su esposa que era culpa de él y que no le tocaba más que el pago de esa quincena y nada más. Recuerdo que la gente del caserío hizo una colecta para poder enterrarlo como corresponde.
La vida era dura para todos, pero su familia la tenía un poco más difícil.
Cierto día me dijo con esa sonrisa enorme de grandes dientes como una mazorca de maíz:
—¿Lorenzo vamos a ver si le sacamos la miel a ese panal que está en el ombú del camino viejo? Y obvio que acepté, estaba un poco cansado de la mermelada de ciruela que veníamos comiendo hacia como dos meses. Según él, su padre le había enseñado cómo sacar a las abejas con humo sin matarlas y así acceder sin riesgos a ese preciado néctar. Esa tarde casi nos matan, volvimos todo picados y mi mamá nos hizo cubrir de barro para liberarnos de los numerosos aguijones.
Así fue nuestra infancia. Cuando llegó la hora de comenzar el secundario, Mariela y yo nos fuimos a vivir a lo de tía Ester, que era hermana de mi mamá ya que ella vivía en la ciudad, donde había una escuela secundaria. Poco a poco fuimos perdiendo esa dinámica diaria con nuestro terruño y nuestros amigos. A Camilo lo veíamos en las vacaciones, sólo pudo terminar la primaria y trabajaba en la quinta de un hacendado del pueblo. Cierta noche de verano, en una charla de fogón, me contó que soñaba con ser policía, admiraba esos uniformes que tanto respeto a algunos y miedo a otros inspiraban, yo le dije que no se diera por vencido, que lo intentara con todo su corazón, esa fue la última charla que tuvimos. Yo comencé la universidad y ya no volví al pueblo.
Mariela y yo trabajamos para pagar la pensión en San Miguel de Tucumán. Ella trabajaba en una tienda de ropa de damas como vendedora y yo hacía los repartos en una panadería. Eso nos ayudaba con nuestros gastos ya que papá ya estaba jubilado y mamá ya no podía lavar ropa para los vecinos por la artritis.
Mi hermana estudiaba para farmacéutica y yo iba a Ciencias Sociales. Eran tiempos turbulentos en el país, el gobierno de Isabel Perón había caído derrocado por un golpe militar y hasta me era difícil encontrar la bibliografía que necesitaba para estudiar, ya que según el ojo crítico de los gobernantes de ese momento, todo pensamiento contrario a ellos era terrorismo.
En la facu conocí a Juliana, me enamoré de ella al instante, era un espíritu libre y yo quería volar junto a ella.
Mi madre nos había recomendado que tengamos cuidado, que esta guerra había llegado hasta el pueblo y que algunos delegados del ingenio estaban presos en su mismo lugar de trabajo.
Pero ¿Cómo se puede maniatar a la libertad? ¿Cómo se pueden matar a las ideas? La respuesta negativa era obvia y yo seguí yendo a las marchas estudiantiles.
Cierto día, cuando llegué a la panadería todavía de noche para comenzar el reparto, ya me estaban esperando. Yo no conocía el verdadero horror que todos los argentinos descubrimos años después. Me fui con ellos inocentemente pensando que tenía derechos y que a pesar de ese discurso autoritario, volvería a ver a mis afectos.
Me llevaron en auto encapuchado varias horas. Llegando a destino, pude reconocer aromas y me invadieron mil recuerdos de mi infancia, me bajaron a palos y me llevaron a un galpón donde me golpearon hasta que perdí el conocimiento acusándome de terrorista, comunista, traidor a la patria y otros insultos.
Al despertar comencé a llorar, pensaba en mamá, en mi padre, me preguntaba si Mariela y Juliana estaban bien y me lamentaba quizás porque nunca volvería a ver sus rostros. La verdadera tortura no eran las palizas que me daban, sino escuchar los gritos de los otros secuestrados y el “pelotón de fusilamiento” por las noches.
Pasaron días hasta que alguien se acercó a darme algo de comer, aunque no podía verlo, sentí cierta calidez en su voz y hasta me puso la mano en la cabeza conteniéndome. Al día siguiente, quizás porque debió juntar coraje él también, mi carcelero me susurró:
—Soy yo Lorenzo, tu amigo Camilo, ¿hermano qué hiciste? Aquí la gente viene a morir— Pude sentir como su voz se quebraba, contenida.
—Voy a ver si puedo hacer algo por vos, hablaré con el jefe a ver si te largan— Yo intenté abrazarlo, pero me frenó cuidadosamente, seguramente alguien lo observaba a la distancia.
Pasaron algunos días y Camilo volvió, se le escuchaba respirar con nerviosismo, sentí como esas cadenas soltaban mi cuerpo flaco y maltrecho. Ya no me importaba si moría allí, solo quería sentir esa pequeña libertad.
—Arriba Lorenzo, nos vamos, metele que el vigía se fue a ver a una novia que tiene aquí cerca, dale metele.
Al salir del lugar me di cuenta que era el ingenio de mi pueblo el lugar del encierro. Camilo me entregó las llaves de su moto y me dijo que huyera, que él inventaría algo para justificar mi ausencia, que ese día de las abejas yo lo había sacado de ese lío y que era hora de devolverme el favor. Lo abracé entre lágrimas y partí a toda velocidad bajo el manto de la noche.
Estuve escondido en la casa de tía Ester varios meses, allí me enteré que mi hermana estaba bien, pero Juliana también había desaparecido esa noche.
Después de un tiempo dejaron de buscarme y con los años llegó el fin del terror, un terror que aún me acompaña cada día. Recién en el 85 tuve el valor de volver al pueblo, recorrí esas calles con un nudo en la garganta, evité el camino al ingenio y fui a la casa de Camilo.
Al llegar, esquivé algunas gallinas que emprendieron un loca carrera tras un saltamontes que pasó a mi lado, y golpeé las manos en la entrada del ranchito. Salió doña Teresa, la madre de Camilo, estaba vieja y encorvada por los años.
—¿Qué se le ofrece don?— me dijo como tratando de reconocer mi rostro.
—Soy Lorenzo, doña Teresa, amigo de Camilo— Se acercó y me acarició el rostro como queriendo que fuera el de alguien más.
—Ay hijo, tantos años, ¿qué es de su vida?
—Venía a verlo a Camilo— le dije.
Ella sacó un pequeño pañuelito gastado del bolsillo del delantal y se secó las lágrimas.
—Va a tener que ir al cementerio entonces, a mi Camilo lo fusilaron por traidor hace años, dijeron que había dejado escapar a un peligroso terrorista. Yo nunca les creí, pero ¿Qué puede hacer uno tan humilde contra ellos?
En ese momento se heló la sangre, tuve que agarrarme del poste de la tranquera para no caerme. Doña Teresa me ofreció una silla y me cebó unos mates mientras me contó los detalles.
Hoy soy abuelo, ya pasaron cincuenta años desde ese golpe militar, de ese horror, y cuando me hablan de números les digo que para mí son 30.000 Camilos y Julianas los que nunca pudieron volver a sus casas.
Ricardo Rivas
Tucumán, Argentina

Datos biográficos del autor*

Ricardo Rivas nació en Buenos Aires. Se radicó en la provincia de Tucumán siendo un niño, por lo que su educación e identidad están muy ligadas a nuestra provincia.
Se dedicó muchos años a la gastronomía en su rol de chef. Se incorporó a la Redacción de El Tribuno de Tucumán, en donde fue periodista y columnista.
Actualmente integra el staff de Diario Cuarto Poder, con la especialización de periodista cultural y con un importante rol en el Canal de YouTube de nuestro medio de comunicación. Integra el Taller Letras de Fuego.

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