Letras de Fuego / Ciclo Nunca Más, Literatura de la Memoria / Por Norma Beatriz Guraiib*. Compartimos el aporte de esta escritora tucumana que revive en este relato los momentos que rodearon su vida en los tiempos del golpe de estado de 1976.
Neblina de otoño
Buceando en la nebulosa de mi memoria, regreso a aquel día: tenía catorce años. El cielo estaba encapotado, con nubes que prometían lluvia. El otoño se insinuaba en las veredas, tiñéndolas de ocre, como si la estación misma quisiera anunciar el fin de una etapa.
La radio sonaba en la cocina. Los locutores hablaban con un tono extraño, ansioso, como si supieran más de lo que podían decir. Mi mamá caminaba de un lado a otro, nerviosa, con la mirada fija en la ventana. Yo la observaba en silencio, preguntándome qué seguía, qué podía pasar.
Ese día, sin que yo lo entendiera del todo, comenzó la dictadura más oscura de nuestra historia. Las Fuerzas Armadas tomaron el poder, disolvieron el Congreso y desplegaron un manto de miedo que se extendió por cada rincón del país.
Con el tiempo comprendí lo que significaba aquel silencio en la voz de mi madre, en los estudiantes de la universidad que corrían por el Pasaje, en los que se ocultaban en mi casa entre el humo y los gases que hacían doler los ojos y la nariz. Era el presagio de una época de detenciones y desapariciones. Estudiantes, trabajadores, militantes: todos aquellos que se atrevían a alzar la voz contra la injusticia fueron perseguidos. La excusa era la crisis, la inflación, los conflictos gremiales. Pero detrás de esas palabras se escondía la represión sistemática, el terrorismo de Estado.
Yo, adolescente, veía caer las hojas del otoño y pensaba que era solo el ciclo de la naturaleza. No sabía que también caían vidas, arrancadas de golpe, como ramas quebradas.
Hoy, al recordar, siento que cada hoja que se desprendía de aquel tiempo llevaba un nombre, un rostro, un sueño. Y que mi memoria, aunque nebulosa, guarda la certeza de que no se puede olvidar. Porque cada nudo en el pañuelo de las madres, cada voz que resiste, sigue bordando la promesa de verdad y justicia.
Los días que siguieron fueron como caminar en un pasillo oscuro, donde cada puerta se cerraba antes de poder abrirla. La radio repetía comunicados oficiales, palabras frías que hablaban de “orden” y “seguridad”, pero en mi casa esas palabras se escuchaban como amenazas. Mi mamá bajaba la voz cuando conversaba con papá, o con los vecinos, y yo aprendí a leer el miedo en sus gestos.
En la escuela, los profesores parecían distintos. Algunos callaban más de lo habitual, otros repetían frases que sonaban a consignas. Entre los compañeros circulaban rumores: que habían detenido a fulano, que mengano ya no estaba en su casa. Yo no entendía del todo, pero sentía que algo invisible nos vigilaba.
El otoño avanzaba, y cada hoja que caía me recordaba que había vidas suspendidas en el aire, esperando un destino incierto. El silencio se volvió costumbre, como si hablar demasiado pudiera atraer la desgracia.
Con los años, entendí que aquel silencio que nos rodeaba no era solo miedo: era también resistencia. En las plazas comenzaron a aparecer las madres, con sus pañuelos blancos en la cabeza, caminando en círculos, como si cada paso dibujara un lazo invisible con los ausentes.
Yo las miraba y sentía que su andar era un lenguaje propio, un idioma sin palabras que todos podíamos comprender. El silencio de sus pasos gritaba más fuerte que cualquier discurso. Cada vuelta alrededor de la plaza era un conjuro contra el olvido, un tejido de memoria que se extendía más allá de las fronteras del tiempo.
El pañuelo, sencillo y cotidiano, se transformó en bandera. Era cuna y mortaja, era símbolo de amor y de justicia. Allí estaban ellas, madres que no se rendían, que convertían el dolor en fuerza. Y yo, adolescente, aprendí que la memoria no se guarda en los libros solamente, sino en los cuerpos que caminan, en los pañuelos que ondean, en las voces que se niegan a callar.
Ese caminar en silencio se volvió un eco que aún me acompaña. Cada vez que cierro los ojos, veo los pañuelos blancos girando como estrellas en la plaza, y escucho el murmullo de las madres que dicen: No olvidamos. No perdonamos. La verdad y la justicia siguen siendo nuestra lucha.
Hoy camino acompañado de mis hijos. Ellos aprendieron de historia, de memoria, y saben que cada 24 de marzo no es solo una fecha en los libros, sino un latido que nos convoca. Recorremos juntos la calle 25 de Mayo y la Plaza Independencia, en este San Miguel de Tucumán, la misma que tantas veces fue testigo de silencios y de voces.
Allí están los abrazos compartidos, las fotos que recuerdan a los ausentes, las pancartas que reclaman justicia, los cantos. El presente se mezcla con el pasado, y en cada paso sentimos que la consigna Nunca Más no es un eco lejano, sino una promesa viva que nos sostiene.
Mis hijos miran los pañuelos blancos y entienden que no son solo símbolos: son raíces y alas. Raíces que nos atan a la verdad, alas que nos impulsan hacia un futuro distinto. Y yo, al verlos caminar conmigo, sé que la memoria no se apaga, que se transmite como un fuego que nunca se extingue.
Cada 24 de marzo, cada plaza recorrida, es un recordatorio de que la historia se escribe con cuerpos presentes, con voces que no se rinden, con generaciones que se abrazan para sostener el mismo grito: Ahora y siempre, Nunca Más.
Norma Beatriz Guraiib
Datos de la autora*
Nació un 2 de abril de 1962, en Tucumán. Se desempeñó como docente de Biología, Física y Química en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre de San Miguel de Tucumán. Allí fue vicedirectora. Gran lectora. Participó en el Taller Repentista de la escritora Inés Cortón, junto a Gustavo Díaz Arias. Asistió al Taller de Escritura Creativa dictado por ella. Participó del Mundial de Escritura en 2023, 2024 y 2025. Participó de talleres: en la escritura, lectura y edición de Marea Emocional, que dicta la editora María José Bovi; integró el Taller de Epicuro coordinado por Miguel Ángel Figueroa y Noelia Mónaco; actualmente, integra el Taller Letras de Fuego coordinado por el Profesor Manuel E. Rivas. Publicó la novela “Francisca el renacer de la palabra” (2024) y la “Antología Letras de Fuego” Edición Fundacional (2025)

