Un analista de la inteligencia naval de EE.UU. sostiene que los 44 tripulantes murieron en forma instantánea.

En su última comunicación, el jefe de operaciones del ARA San Juan transmitió la intención de “ir a 40 metros de profundidad para entrar al tanque de baterías, evaluar la avería y ampliar información”. Según pudo saber la nacion, muchos marinos comienzan a preguntarse si esa decisión de revisar la avería constituyó el paso previo a una explosión.

“Aunque la tripulación pudo haber sabido que el colapso era inminente, nunca supieron qué estaba ocurriendo. No se ahogaron ni experimentaron dolor. La muerte fue instantánea”, indica, lapidario, el autor del informe,

Su conclusión coincide con la polémica apreciación que la semana pasada formuló el ministro de Defensa, Oscar Aguad, al admitir en televisión que los tripulantes están muertos.

Se estima que el informe de Rule llegó a manos de la Armada, aunque no se le dio crédito oficial.

Rule es analista acústico principal de la Oficina de Inteligencia Naval de EE.UU. Al analizar los datos del “evento anómalo, singular, corto, violento y no nuclear consistente con un explosión” -como lo definió en su momento el vocero de la Armada, capitán Enrique Balbi-, el informe precisa que la señal acústica fue producida por el colapso del casco de presión del ARA San Juan, a una profundidad de 380 metros.

El investigador llega a la conclusión de que el casco fue “completamente destruido en aproximadamente 40 milisegundos”, una fracción de tiempo que representa “la mitad del tiempo mínimo requerido para el reconocimiento cognitivo de un evento”.

Explica, además, que “la energía liberada por el colapso fue producida por la conversión casi inmediata de la presión del mar en energía cinética”, en un movimiento del pistón de agua que ingresó al casco a una velocidad aproximada de 1800 millas por hora (2900 kilómetros por hora).

Al señalar que antes de la explosión el submarino ARA San Juan pretendía sumergirse y continuar su tránsito hacia el norte, rumbo a Mar del Plata, el casco colapsó a las 10.58 del 15 de noviembre, tres horas y media después de su último contacto.

La entrada de agua

El comandante del submarino, capitán Pedro Martín Fernández, había advertido en un mensaje anterior por radiofrecuencia, a las 6 de la mañana de la fatídica jornada del 15 de noviembre, que “la entrada de agua de mar por el sistema de ventilación al tanque de batería N° 3 provocó un cortocircuito y el comienzo de un incendio en el balcón de las barras de la batería”.

Añadía el comandante de la nave, según los mensajes difundidos el miércoles pasado por la Armada, que “las baterías de proa están fuera de servicio, en el momento de la inmersión” y que el submarino se encontraba “propulsando con un circuito dividido”.

Fuentes navales consultadas niegan absolutamente la posibilidad de que el ARA San Juan haya sido víctima de un ataque.

“Hoy todo lo que se mueve en el mar está totalmente registrado. Nada se mueve en el mar sin que las potencias mundiales lo sepan. Si hubiera habido un inconveniente con algún submarino británico, Rusia o China habrían salido inmediatamente a denunciarlo”, precisó un oficial retirado.

Lo concreto, sin embargo, es que a pesar de que todo lo que pasa en el mar está registrado, el submarino ARA San Juan no aparece.

Más allá del trágico instante que les tocó padecer a los 44 tripulantes, la comunidad marina mantiene el espíritu de cuerpo y apoyan en general el criterio de la Armada de mantener la expectativa de los familiares hasta que no haya constancias de un desenlace fatal.

Antecedentes

La historia del siglo XX reconoce varios casos de submarinos que fueron víctimas de tragedias. La mayoría de las veces, sin sobrevivientes.

El informe de Rule cita el hundimiento del USS Scorpion, de la Armada norteamericana, que se hundió lentamente durante 22 minutos cerca de las islas Azores, hasta que colapsó, a 4000 metros de profundidad, en mayo de 1968, en medio de la Guerra Fría.

En un caso similar al ARA San Juan, se presume que en el Scorpion ingresó agua salada a las baterías, lo que produjo una brusca emisión de gas de hidrógeno que mató a la tripulación. Quedó flotando la hipótesis de si la entrada de agua se produjo por un impacto de torpedos de un submarino soviético.

En referencia al ingreso de agua en el compartimento de baterías, el propio Rule sostiene que “existe la posibilidad de que una secuencia similar de eventos ocurriera a bordo del submarino San Juan”.

Cinco años antes se había hundido el submarino nuclear Thresher, a 2300 metros de profundidad. Otra pérdida militar para Estados Unidos durante la pulseada con la entonces Unión Soviética. El submarino se había lanzado a una prueba de inmersión para precisar hasta qué profundidad podía llegar y, en medio de esa experiencia, colapsó y se hundió.

Más reciente está el recuerdo del submarino ruso Kursk, que en agosto de 2000 se hundió con 118 tripulantes, luego de sufrir dos explosiones sucesivas en la sala de torpedos. Se estima que la última era equiparable a un terremoto de poco más de 4,2 grados en la escala de Richter.

Localizada al día siguiente, hubo que esperar otros diez días para alcanzar la escotilla del submarino. El operativo rescate se extendió durante más de un año, hasta que el 8 de octubre de 2001 se rescató al Kursk desde el fondo del mar. Tuvo un costo de US$ 65 millones.

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