Camila es producto de una democracia intensa que se llevó puesto a más de uno. Científicos explican el fenómeno que no sólo la aqueja a ella, sino a millones de argentinos.

“En todos lados me dicen abuela. Abuela tome el asiento, abuela póngase primera en la fila, abuela abríguese, abuela de acá, abuela de allá. Cuando les digo que tengo 34 años no lo pueden creer”, nos cuenta Camila, una estudiante de Economía que sueña con montar su estudio contable apenas se reciba. “La verdad es que me vieron especialistas de todas partes, pero quienes dieron en la tecla fueron unos noruegos. Luego de intensos estudios llegaron a la conclusión de que soy el primer caso de una enfermedad que bautizaron como El curioso caso de la democracia argentina. Se trata de una afección que ataca a personas expuestas a cambios de rumbo constantes del país, inflación constante, inseguridad jurídica crónica, piquetes en horario de trabajo que generan caos vehicular, organizaciones sociales que juegan partidos de futbol frente al Congreso de la Nación, entre otros males que surgieron de 1983 a esta parte”.

Camila tiene la edad exacta de la Democracia y vio pasar de todo en su corta existencia en la tierra. “Llevo un par de años tratándome y me ayudó a comprender lo que me sucedía. Según los especialistas noruegos, quienes se obsesionaron con mi caso, la conclusión es que vivir un año en Argentina equivale a 7 de un país normal, por lo tanto yo tengo 238 años aproximadamente. Para que quede más claro aún, estos especialistas de la Universidad de Oslo comparan mis 34 años con haber sufrido en carne propia el crack financiero de 1930, combatido en Vietnam, vivido el Mayo Francés de 1968, el asesinato de Kennedy, el stress de no haber clasificado a 4 mundiales seguidos y haber estado en un recital completo de Enrique Iglesias”.

Para entender un poco más hicimos un rápido repaso por algunos de los hechos que marcaron estas tres décadas. Todo comenzó con Raúl Alfonsín, quien enfrentó el juicio a las juntas, rebeliones militares, crisis económicas y sorteó 13 paros nacionales en manos de Saúl Ubaldini, el sindicalista que lloraba mientras frenaba el avance de un país que ya se negaba a ser peronista pero no se lo podía permitir a sí mismo por una cuestión de época. El primer presidente de la nueva era que no pudo terminar su mandato gracias a la hiperinflación más grande de la historia argentina con un poco más de 5000% anual que lo obligó a renunciar 6 meses antes de terminar su mandato. Después vino el “Turco”, que empezó con el pie izquierdo, pero gracias a la Ley de Convertibilidad nos hizo creer que éramos el mejor país del mundo. “Ahí me estabilicé” dice Camila.

“Gracias al 1 a 1 me puse más joven y durante 10 años pareció que crecía como una persona normal. Pero cuando se cayó todo en el Gobierno de De la Rua, yo tenía 27 años y en la calle me empezaron a confundir con la madre de Lita de Lazzari. Ni te cuento cuando pasaron los cinco presidentes en una semana, ahí tuve una recaída de la que no me pude reponer fácilmente. Pero cuando Adolfo Rodríguez Saá declaró el default en el Congreso, con todos los legisladores aplaudiendo de pie, envejecí 30 años en una noche. El líder del grupo de especialistas noruegos, que hasta ese momento me había tratado a la distancia, decidió viajar alarmado por el llamado de un familiar cercano mío que pensó lo peor”, dice entre angustiada y emocionada esta mujer que no eligió vivir la vida que le tocó, pero lo lleva con una entereza envidiable.

A nosotros nos parece normal hablar de estas cosas, pero que un país se levante un día y, de golpe, los bancos hayan cerrado sus puertas con el dinero de uno incautado para siempre, es causal de una guerra civil en cualquier lugar donde la gente produce durante su vida para retirarse en paz. “Volver a empezar de cero fue una de las peores cosas que le pasó a mi familia, al igual que a vecinos, parientes y amigos de toda la vida. Recuerdo que en esa época me dolían los huesos como si fuera una anciana, entonces el Doctor Gunnar me pidió permiso para experimentar algo novedoso para la época: irme a vivir a un país normal para ver qué pasaba. Ahí fue que probamos con Uruguay. No sé si habrá sido el aire que se respira o la buena onda de nuestros vecinos, pero en unos meses volví a sentirme plena y radiante. Hasta que una noche cometí el error de poner el noticiero argentino y mirar de reojo lo que pasaba. Tuve una recaída severa que obligó a mis padres y al doctor a aplicar una terapia de shock, para ver si el problema era Argentina o si reaccionaba igual ante cualquier lugar en conflicto. Para sorpresa de todos, pasé 2 meses en la Franja de Gaza y mejoré notablemente, lo que llevó a la conclusión de que nuestro gen es único en el mundo.

Lo demás es historia conocida. Eduardo Duhalde apagó un incendio pero lo volvió a encender dejando en su lugar a Néstor Kirchner, que luego fue sucedido por su esposa Cristina, acompañada por un grupo de fundamentalistas de lo nacional y popular, quienes ahora habitan los penales más conocidos del país. “Durante esos eternos 12 años hiperventilé a diario, hasta que decidí que esa no era vida y me mudé otra vez a Carrasco, en Montevideo, donde tengo una existencia más plácida. Me mantengo con los achaques típicos de mis 238 años, según la ciencia, pero acá es otra cosa”. Cuando le preguntamos cómo ve el país desde la otra orilla, dice que prefiere esperar para emitir un juicio. “A principios del 2016 viajé a Buenos Aires a hacer un trámite y no soporté más de 8hs. En octubre de este año vine a votar y sentí que se respiraba otro aire. La verdad es que deseo con toda mi alma que se termine porque me gustaría volver. Amo este país”. Es lógico. Después de todo, Camila tiene apenas 34 años.

Fuene: Inobae

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